Descripciones
El gato se retuerce en oírse la hermosa melodía del piano.
No podemos determinar, ¡Oh, amable lector! si es dolor o pena o, por el contrario, alegría o gozo por la música. Es probable que fundiéranse ambas sensaciones como ríos alimentándose mutuamente en una desembocadura amplia y tranquila, donde sólo se oyera el sonido del agua fluyendo y la hierba inclinando la cabeza ante los pies de un observador sereno. Así pues, podríamos suponer que mezclaba el gozo nostálgico de una pieza musical amada que ahora trae consigo el recuerdo de otro elemento perdido con mucha tristeza y que jamás podrá despegarse de la melodía, quedando casadas hasta que la muerte separe ambas sensaciones; la muerte del gato, se entiende.
Repentinamente se abrió la puerta, interrumpiendo la música como una guillotina que enmudece al vociferante público - lágrima en muchos ojos brilla tétrica con el dolor conjunto de la pérdida de algo irrepetible - por la pena del condenado. Por allí apareció una niña de largo y caído cabello negro, entre el que unos ojos verdes callaban el murmullo interminable del río del alma.
Corriente de consciencia
Buena suerte, me dijo, como si suerte necesitara yo para ganar la partida: he visto todas las anteriores de Billy, sé cómo piensa, cómo actúa, sus engaños de futuro dandy con la bohemia que llega tarde siempre tarde el maldito autobús, quizá el típico viejo con su enorme incompetencia - no, hay que pensar en la memoria, con su edad... pobre no será su culpa que se olvide, o sí, porque mi madre siempre recuerda todo aunque dudo que pueda recordar cosas que aprenda ahora - y el conductor suspirando y sin dejarlo subir por mucho que lo conozca porque cada día lo ve arrastrar el bastón con el penoso ritmo de la muerte, me pregunto si él piensa en la muerte cuando ve las canas, la tiene más cerca que yo que aún soy joven. Joven pero quizá no demasiado agraciado, aunque tendré hoy oportunidades como ganador, no me intimida ¿Me oyes, Billy? No me intimidas lo más mínimo. Ahí llega, cuadrado y aburrido, velocidad de vaca, me gusta eso, cómo lo he dicho, aunque no sé por qué uno piensa antes en una vaca masticando hierba que caminando. Luego está la posibilidad de que me mienta al revés de lo que acostumbra controlando todos sus gestos, es bueno que decida no utilizar gafas, yo tengo ventaja, son bonitas, cuadradas, pequeñas y tienen un cierto aire intimidador por la negrura. ¡Bip! hace la máquina y por suerte nunca me hace quedarme ahí por un error informático, es curioso porque si las máquinas sólo hacen un trabajo ya planificado, ¿cómo puede ser que se equivoquen? las máquinas no se equivocan y las piezas que las tocan son hechas por otras máquinas: las ciencias exactas no lo son tanto, por fin he interiorizado de verdad esa frase tan mítica. No me podrá ganar porque detectaré su interpretación contraria si es el caso en un máximo de dos rondas y él no podrá ver mis ojos y siempre sonreiré, eso le confundirá, pero quizá las reacciones de microsegundos no sé si no me tracionarían, quizá sería mejor quedarme estático, aunque si me descuido se provocará el mismo efecto. Lo mejor será concentrarse al máximo en el momento antes de mirar las cartas repartidas. Él lo sabe eso, por eso no usa gafas, ojalá yo pudiera no usar. ¡No! acabo de admitirme mi mentira, espero no perder...
El prólogo que no existirá
Si en el mismo texto y a la vez jugara con los monólogos interiores, las largas comparaciones descriptivas y la correlación lógica de frases, omitiendo el razonamiento intermedio; entonces probablemente deba concederle al lector una advertencia previa.
Escribo esto ahora, antes de comenzar a escribir de un modo ininteligible quizá para liberar mi culpabilidad y que la concesión real no llegue nunca, jodiendo así a mi lector y exigiéndole un esfuerzo para el que ni siquiera estará preparado... y encima espero que hayan viajes temporales y metempsicosis...
El perverso ejemplo
Un chico joven sostiene en sus labios un cigarro liado, lleva sombrero hongo negro y viaja zarandeándose en el metro, lee en un periódico que la esclavitud de la política a los mercados va a peor. Narra esto un ilustrado de barba honorable, puro en boca y humo entre sus ojos y los del oyente, el bullicio de un bar decimonónico corea la contradicción temporal. Su interlocutor es jefe de policía y, como tal, inepto, inculto e ineficaz: de ser aquello Londres, la vergüenza del cuerpo de defensores de la ley y la justicia habría brotado como lava del monte Etna cuando Jack... Evidentemente no sabe qué es un metro.
El chico en cuestión acaba siendo expulsado de sus estudios de historia del arte, los motivos, hoy día, son obvios, no se trata de ingenua rebeldía romántica amparada por la ingenua ley, evidentemente, hablamos de una expulsión por falta de medios, como se expulsó a Raskolnikoff. Las facultades del chico se esconden tras la mirada inteligente y madura, un príncipe, el dominador de sus congéneres, claramente ha entendido la inaccesibilidad al apeiron los problemas del exceso de racionalidad, el culto desmesurado a la emoción como trauma, su condición de nuevo sofista ecléctico tampoco le hace sentir satisfecho de nada y odia su propio inconformismo porque no le permite enamorarse. De hecho, acababa de reflexionarlo tras pensar que el estado debería considerarse puta en vez de esclavo y así sacar tajada - ¿no ves el nexo común? yo te lo explico: las putas no eran consideradas delincuentes (sí de baja calaña), se les daba un permiso estatal hasta la irrupción del mass media estadounidense y la fidelidad protestante (maldita condena de la mentira) en el subconsciente de todos, claro que hubo razones varias de pseudopeso: enfermedades, moralidad, bienestar social... lo curioso es que ahora considerándolo ilegal aparece el alto standing, como un placer vago, ya no hablamos de lo normal sino un tabú... - y después de reflexionarlo, concluyó que la promiscuidad le corespondía como amoral que era, o quizá multimoral, es lo que tiene el eclecticismo... su gran conocimiento de la conciencia humana y su potente imaginación que con frecuencia lo llevaba a recrear la mayor parte de las conjeturas o predicciones sobre hechos pasados - el qué hubiera sido de ... si ..., el qué hubiera pasado si... - o hipotéticos totalmente - fantasía, llámese - le estaba exigiendo ahora que ejerciera de manipulador de mentes, de explotador de almas inferiores para su deleite - en ese momento pensaba en sexo, si aún no lo has podido adivinar; por lo que babeaba más de lo normal y la sangre bombeaba con potencia afrodisíaca -, tuvo que bajar del metro escupiendo e irse a ver a su primera víctima.
La maté porque tengo aún algo de corazón y nada de moral, quiero decir que no la convencí de que fuera un negocio o un mero trueque de cuerpos, le prometí luna y estrellas y sé perfectamente que se hubiera recuperado - aún las más tontas entienden el juego - pero no podía correrme pensando en su tristeza hasta que la pinté de sangre con mi mente. Hacha de carnicero entre ceja y ceja, menos sangre de la que se piensa uno; no lo vio venir, traía comida en una bandeja y el hacha enganchada con celo a la espalda, salté sobre ella antes de que pudiera hacer nada, sólo sus ojos ligeramente asiáticos se abrieron más de lo normal - y quedaron bizcos, a veces río yo también.
En el siglo XXI todo ciudadano está tan sobreinformado sobre sensacionalismos que con poco talento y sangre fría nadie puede descubrirte como autor material de un crimen de sangre. El viejo se quita el puro y atraviesa la neblina para acercarse al poli: Lo mejor de aquel jovenzuelo era que siempre que pensaba con la oscuridad del alma sobre las ocultas intenciones de alguien, no erraba, por lo que se sentía tan próximo a Dios como Lucifer, y empezó a llevar acabo aquella obra sin darse cuenta de todo el barullo espacio temporal que creaba y no le diré a usted, poli de mierda, si le han detenido ya o no.

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