viernes, 16 de noviembre de 2012

Rabia: Sobre la educación universitaria


Tanto los educadores inútiles que han visto en las nuevas tecnologías la herramienta perfecta para reproducir hasta el infinito su funcional recitado (o vomitado) de información sin procesar como los defensores de un romanticismo pedagógico bajo la excusa de quitar al estudiante del mohoso comodismo al que el sistema nos ha acostumbrado se equivocan y libran más una batalla ideológica sin sentido entre ellos que una misión de conquista de las mentes de los jóvenes.
Los que ya de por sí perpetuaban su trabajo porque la comodidad del cargo funcionarial les proporcionaba una existencia sostenible y los recompensaba por las investigaciones que hacían siguiendo un dictamen de sus propios egos y también los que quieren luchar contra el mero positivismo y la educación superficial basada en la pericia técnica harto sencilla con sus métodos calificados por ellos mismos como anacrónicos y a la vez más efectivos son igual de culpables de la esclavización del alumno que ya lo acostumbra a una futura vida en el fondo del acuario a la sombra de los peces más gordos, mascando plancton. El volumen de trabajo que hacen acumular las asignaturas – sin clara compenetración entre los planes docentes de una a otra -, el plan de estudios al que deben adaptarse y la voluntad de obligar al trabajo grupal son los puntos clave en los que el fracaso estudiantil se origina.
El primero no hace más que eliminar las posibilidades creativas del pupilo al restringir su tiempo y sus ideas a las necesarias para cumplir los propósitos y designios que una persona, comúnmente preparada en una era anterior – o preparada por personas de ésta época siguiendo las formas que ahora critico –. Se escuda esta práctica exhortativa en la norma comúnmente aceptada de que el esfuerzo siempre es necesario para el triunfo. A este motivo he de decir que produce exactamente el efecto contrario: no hay generación más vaga que la mía, además del hecho de que el ideal neocapitalista de la posmodernidad ya exalta la meritocracia y la idea creativa por encima de todo como clave del éxito (Mark Zuckerberg por la idea y Justin Bieber por el provecho sobre un nuevo medio serían buenos ejemplos del modelo que hoy en día parecen ser fuentes de inspiración). Siempre que el volumen de trabajo oprime al joven más allá del equilibrio racional entre esfuerzo y desarrollo autónomo, deberíamos pensar que se está preparando a la persona para no dedicarse a sí mismo nunca en una medida potencialmente peligrosa para los deseos de sus superiores (se entiende: nunca pensar sobre cómo mejorar nada si peligra la norma pericial ya establecida, se buscan operarios, no emprendedores). Si alguien osa decir que el exceso de presión sirve como experiencia enriquecedora para prepararse para situaciones inesperadas, debería plantearse si le sirvió a los judíos comerse los raquíticos cadáveres de sus antiguos amigos que habían muerto de hambre a su lado día tras día como experiencia para adaptarse a las peores situaciones humanas posibles.
Del segundo punto, del plan de estudios, motivado principalmente por los intereses idiotizantes y automatizantes que buscan inculcar las ocultas altas esferas de directivos de crueles multinacionales para su propio provecho, no hay mucho que decir que cualquier persona no pueda ya pensar por sí misma o leerlo en internet y estar al corriente en fracciones de segundo. Así es esta época, la información está ahí para quien la busque, la acción se esconde porque el esfuerzo se escinde en la nada.
El trabajo grupal como arquetipo es práctico para el docente: la reducción en el volumen de trabajos que se entregan y posteriormente se corrigen siempre será una ventaja para el que cobra y quiere hacerlo por el mínimo esfuerzo posible. Tampoco la inviabilidad en base al tiempo lectivo es una excusa de peso: crear más clases, más aulas, más universidades sólo se me antoja como un elemento positivo dentro del crecimiento masivo al que aspira el mito del progreso capitalista (cuya imposibilidad práctica sería tema para otro ensayo). El trabajo en grupo obliga a ceder en las ideas propias: no construye individuos sino masas. Somete a los pupilos a la presión de trabajar con personas más o menos interesadas en el tema común: alguien tira del carro mientras otro hace la siesta. Doblega las visiones individuales, saludablemente heterogéneas, y las lleva hacia una homogeneidad sosa, sintética y con ese tufo a relativismo que ya puede catalogarse como el símbolo soberano de esta era de atasco masivo en todos y cada uno de los ámbitos de la cultura. Tampoco la justificación de necesidad: fuera de los estudios se habrá de trabajar en equipo es más que una idea basada en el positivismo-lacra que se busca, en teoría, combatir siempre que se relacionen los vocablos pedagogía y calidad. Primeramente: los buenos equipos nacen de una compatibilidad previa y una unión de voluntades. Segundo: en ningún momento se debería castigar el individualismo porque su represión sólo motivaría, como en el caso anterior y también como las advertencias en los paquetes de tabaco, que la persona se lanzara al egoísmo, encerrándose en sí mismo y alienándose inconscientemente de los universales que por instinto el hombre racional busca (no es ninguna visión optimista del mundo, tampoco de izquierdas, no son pamplinas: jamás habría existido el altruismo de no ser nuestro cerebro una combinación ambigua de racionalidad e irracionalidad, no podríamos tampoco tener lenguaje y mito de no ser así, ni sociedades primitivas con estructuras definidas).
Mi acreditación para dinamitar de esta manera de educarnos que persiste en la actualidad como espectro del pasado, guadaña en mano, es triple. Como alumno puedo decir que siento en carne propia los efectos de esta mala planificación. Como docente en el que he sido obligado a transformarme por el simple hecho de trabajar en grupo e intentar simplificarme a mí mismo para poder explicar mis ideas puedo comentar con razón que estoy haciendo un trabajo que no me corresponde, o no debería. Y como intelectual que demuestro ser por las infinitas sobreexplicaciones que son necesarias para que el individuo medio pueda tan siquiera acercarse a mi obra, merezco ser tenido en cuenta, mi voz debería ser oída.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Escribiré 300 notas


sobre todo lo que pasa por mi cabeza.
Las 300, en el fondo, hablarán de lo mismo.
Su conexión, el porqué de esta, es imposible de encontrar.
Sería ser capaz de definirme a mí mismo.

No sé qué significa ser adulto, no sé cuándo una persona, un alma, se vuelve madura. ¿Se vuelve madura?

La razón por la que escribo es, como siempre, porque mis ojos se niegan a cerrarse.
No hace falta un colchón para ello.

El puente por debajo, el parque aislado, el cartón y el cajero automático no son más que imágenes que evocar, no era esa mi intención tampoco.
Somos pequeñoburgueses, no lo olvidemos.
(Eso quiere decir que tanto izquierdas como derechas nos quitarán, en el fondo ya lo sabíamos).

Evocar imágenes es peligroso: no sé si la pena de ver a tanta gente rebuscar en contenedores de basura a diario nace en el instante de verlo o sólo el recuerdo, la imagen de la memoria, es el artífice de mi pena.

Estamos solos. Estaremos solos. Vivimos tan dentro de la imagen que no conocemos términos medios. Todo es un símbolo o nada lo es y caemos en la opacidad.
Somos en tanto que creemos comprender o bien somos en tanto que no nos planteamos conocer. Nadie es ya per se.

Los niños del final de Mysterious object at noon miran a cámara (¿habría algo más estúpido que no hacerlo?) y nos traen a la mente la idea de que quizá si parásemos hoy todo y nos bajásemos del mundo, los niños nos podrían dar una nueva mitología y salvarnos. Ya les hemos dado la tecnología suficiente como para que sobrevivan sin nosotros.

martes, 30 de octubre de 2012

El caballo de Troya de McLuhan




Cuando el señor Zoltán Huszárik exhibía en algún sitio y de alguna forma por mí desconocidos suElégia, Marshall McLuhan se volvía famoso por hablar de los medios como extensiones de nuestro cuerpo en ese pseudouniverso paralelo. Y sí, McLuhan era, en parte, un gran visionario, pero también una persona demasiado optimista.
McLuhan nos predecía grosso modo el variopinto universo lleno de constelaciones comunicativas y subjetivas en el que hoy nos encontramos. Evidentemente la práctica se desarrolla en un entorno bastante más mugriento que la teoría y la supuesta horizontalidad a la que debíamos volver, al predominio de la fugacidad y el espíritu altruista de la oralidad que acompañaban esta nueva era de infinita interconexión individual, la Global Village.
Pero poco importa realmente que no se cumpla, puesto que tampoco se cumplía cuando él lo enunció y un magiar con bastante buen ojo se acercaba al problema oculto tras la ilusión de progreso infinito que en aquel entonces era mucho más fuerte que hoy en día. Probablemente en la ambición inicial del director no aparecía McLuhan sino una sencilla reivindicación de la parte de natura que el humano va dejando escapar en favor de la cultura. De la destrucción que el progreso, el supuesto crecimiento, la mejora generalizada y categórica del bienestar, necesita. Una idea básica en regímenes comunistas sobre todo en los años 60, puesto que la corrupción interna de los propios ideales había eliminado la verdadera esencia altruista-racional que movía el espíritu socialista y la en la memoria cercana muerte de Iósif daba un poco de  coraje a los más críticos pero no tan valientes. En otras palabras, el progreso deshumanizado de las repúblicas comunistas había dejado de lado totalmente el sentimiento de hermandad que relacionaba la especie humana entre sí y con el resto del entorno, el principio máximo de utilidad (interconexiones infinitas). Específicamente: el principio de vida, tener sentido ytener servicio.
En el fondo, tampoco estábamos tan lejos de McLuhan, ¿no? La aldea global, horizontal y humanitaria, el entorno perfecto para el progreso de la humanidad en base a la comunicación. El ambiente de la constante asamblea global. El producto tecnológico (la extensión de nuestros sentidos) de más importancia y de mayor utilidad. El triunfo máximo de la razón y sus aplicaciones prácticas. La creación de un espacio donde la cultura siempre se cuestiona, modifica y evoluciona como el ente vivo que realmente es.
Pero no lo es. Ni la cultura es un ente, ni se compone sólo de argumentaciones e ideas. La aceptación de esta Aldea Global no es más que volver a un supuesto primitivismo horizontal donde negamos el elemento caudal que caracterizaba la prehistoria: el peso de la natura por encima de la cultura. Para entender este sacrificio, vemos un sacrificio.
Hoy día, nuestros cuerpos se desintegran en cajas o en el aire, pero no junto a nuestra empatía natural. He ahí la gran importancia de este film, igual de visionario que las teorías del comunicólogo, incluso más por acceder de forma directa a ese vacío que siempre parece camuflar de forma distinta el racionalismo egoísta. Saludos a Ayn Rand.

viernes, 19 de octubre de 2012

Teseracto



“Creo que fue cerca de los diez años…”, “¿El qué?, “La historia que voy a contarte.” Son las tres primeras líneas de diálogo a las que atendemos de esta conversación. El chico siempre hablaba con un tono seguro, decidido, daba la sensación de no tener que perder nada. “Una teoría quizá”. Otra pausa. “Es como el primer recuerdo que tengo de una reflexión sobre simbolismo. El germen de la hermenéutica en mí.”
Iris escuchaba atentamente, no decía nada. Le gustaba oírle hablar, probablemente lo que más podía gustarle sobre él eran sus palabras.
“Mi tío favorito me regaló un libro, El hombre que calculaba. La historia es de un matemático árabe en la edad media. Que pasa de ser pastor a consejero del sultán, pasando por cierto número de pruebas de habilidad mental.
Ella dijo que parecía interesante. Fue corroborada por él, que añadió que podía ser un libro muy recomendable para un niño que le gustase o bien la historia o bien las matemáticas. Luego continuó explicando que en las tapas del libro había un breve texto de reseña. Un fragmento de esta decía algo similar a que el problema que más se le resistía al hombre que calculaba era el del amor. Y tal afirmación escrita tan soberbiamente allí, al niño de 10 años que él había sido, lo afectó enormemente: le impactó leer en una frase una simplificación tan grande de lo que constituía para él, hasta entonces, la narración. Se pasó con ese libro mucho tiempo, lo releía y encontraba ese ‘algo’ oculto detrás del propio texto, toda una satisfacción. Iris supuso en voz alta: “Y crees que eso cambió tu forma de acercarte a… al… ‘arte’, ¿no?”. Algo así, pero no fue en el momento mismo, lo cierto es que no se había acordado de tal episodio en su vida hasta hacía unos días. Pero subconscientemente parecía yacer ese deseo de aproximarse de esta forma a cualquier hecho. “Sólo tuve que crecer para reencontrar el deseo y abrazar con facilidad la interpretación simbólica”.

Esta historia se llama Teseracto.


“¿Y es una historia real?”, preguntó Iris.
“¿Qué?” Al parecer él no había oído bien. “Que si es real, antes has dicho que disfrutabas mucho inventando historias”.
Él contestó como si se preguntara a sí mismo y no como si fuera ella quien tuviera que oírlo: “¿Real como si sus personajes hayan o no vivido? Claro que sí: yo existo. ¿O real como si la historia es algo que me pasó a mí o a alguien que conozca? Bueno, mis historias siempre me han pasado a mí. Soy yo lo que hay en todas mis historias.

Fernando estaba sentado a la mesa. Su padre lo miraba serio desde el otro extremo. A través de unas gafas cuadradas una mirada penetrante se clavaba en Fernando, en todo su ser. Ayer había cumplido dieciséis años y hoy su padre lo había llamado para que estuviera ahí. Quería explicarle algo muy importante. Aún no había comenzado y la espera era un poco tediosa, además tenía esa mirada, penetrante y expectante, como si esperara que le dijeran que bueno qué, que estaba ahí para oír qué tenía que decir y sólo entonces empezar a hablar, sin prisas, con la satisfacción de tener bajo su control el nivel de exasperación del interlocutor en todo momento – esbozando una tenue sonrisa de autorreconocimiento –. Pero no hubo necesidad de solicitar de mala gana que hablara, porque acabó haciéndolo, en parte porque quería, pensó Fernando, y en parte porque padre e hijo llegan a conocerse bastante a lo largo de dieciséis años y era normal que Fernando no le arengara ya más y mantuviera inquebrantable la expectación paciente. Habló desde el otro lado de la mesa, sentado muy recto, pero pronto cambió esa forma tan formada, tan estructural, para ponerse más encorvado y emocionarse con sus propias palabras, no era que le entusiasmara ese tema más que ningún otro, sino que la explicación en sí requería este tipo de esfuerzos extra en la expresividad. Su padre habló primero sobre la cantidad de cosas que seguro Fernando había podido observar a lo largo de los años que tiene de vida, y de algo que quizá empezara a gestarse en su interior, una especie de visión estructural de todo, aunque aún bastante amorfa para ser en sí misma una estructura. Cierto, pensó Fernando, que él se daba cuenta que las cosas tenían algo más que lo concreto y que en toda la parte más abstracta de la vida de los humanos era donde más se divertía y donde más difícil era quedarse. El padre dijo que era fácilmente reconocible para él y probablemente para su hijo también que había unas formas básicas de clasificar las acciones y las palabras y las imágenes, pero no estos elementos en sí mismos, sino su sentido. Y los sentidos obedecían a principios generalmente humanos, que se esconden en cualquier mente. Nombró el “egoísmo” y su opuesto “altruismo”; luego nombró la “razón” y la “pasión”. Fernando había usado estos términos también alguna vez, pero no había visto esto como una especie de mapa de coordenadas donde situar todo sentido de los acontecimientos que pasaron, pasan y pasarán; pero eso fue exactamente lo que su padre dibujó a continuación en un papel. Una cruz, dos ejes, dos “dualismos”. Le pareció útil esta visión. Su padre le quitó esa alegría al continuar con su explicación: ¿y si hubieran más dualismos a tener en cuenta? ¿Qué tal el miedo y la ira? ¿Alegría y tristeza? ¿Se puede sufrir un miedo altruista? ¿Sería ese un miedo racional o irracional? ¿Existe la ira racional? —mentalmente, el joven Fernando relacionó ‘ira racional’ con ‘envidia’, pero no dijo nada—. Había nombrado dos dualidades más, pero seguro que podía pensar en más proponiéndoselo ligeramente. Atravesó el papel justo por la encrucijada de las líneas con el bolígrafo. Así tenía 3 ejes, 3 dualidades. ¿Pero cómo situar el cuarto eje? No sabía hacia dónde se podía extender la cuarta dimensión, es algo inconcebible para el hombre, porque no podemos verlo, por lo que no podemos saber de ninguna manera la apariencia de la cuarta dimensión. Es imperceptible. “Entonces”, concluyó, “si nuestro mapa de coordenadas es irrepresentable, no podemos utilizarlo. Y así es como el mundo se convierte en eso tan absurdo que es. Y es que no puede conseguirse una visión unitaria, no hay forma de poder situar los hechos humanos en el ‘cuadrante’ que les pertenece, siempre nos quedamos cortos, nuestra capacidad es limitada. Eso es todo. Debes saberlo y tenerlo siempre en cuenta.”

“¿Tenerlo siempre en cuenta? ¿Por qué? Es la idea más absurda que he oído, es como ser de Nueva York e irse a un pueblo a sentarse en la plaza y ver pasar las gentes y las horas al mismo ritmo.”, dijo Iris. Estaba junto a Fernando. Ambos con los brazos apoyados sobre el pretil que separaba la arena del hormigón del suelo del paseo marítimo y encima de los brazos las cabezas. Ella levantó la suya y extendió los brazos. Fernando pensó que se iría, y no anduvo desacertado, pues ella comenzó a caminar hacia el horizonte que se extendía delante de él en aquél instante. Fernando permaneció desconcertado unos momentos, no entendía que le pudiera haber afectado tanto. Luego permaneció aún allí, porque tenía cierto orgullo y no iría tras ella sin entender qué tipo de culpa justificada tenía él. Pero al final cedió y la fue a buscar. No pasó nada más aquel día.

La historia de Iris comienza cuando conoce al chico al que le gusta contar historias. Pero esto ella no lo sabe cuando lo conoce. De hecho, en el momento de conocerle, no sabe nada al respecto de él, salvo lo que salta a la vista. Que lleva un chaleco de tela jean por encima de una camisa blanca y que la perilla que lleva le da un aire de gallito que complementa, sin saberse bien bien por qué, esa imagen tan pasada de moda que representa su ropa. El tren donde se conocieron era un tren de los que salen de la gran ciudad y llevan a la gente a los pueblos cercanos. Era además el primer tren de un sábado, por lo que estaba lleno de innumerables jóvenes que, como ellos, querían volver tras haber pasado la noche en la sofisticada urbe. Gente de todo tipo se  amontona en esos trenes, tanta que lo más probable es quedarse sin sitio donde sentarse y tener que viajar de pie. Y cuando incluso de pie se halla uno extremadamente cercado por otros cuerpos, una sensación agobiante le invade. En este tipo de clima se oyó a un chico pedir que le dieran de fumar, pedir a voces, buscando la caridad de algún extraño, aunque tampoco parecía realmente una solicitud tanto como una exigencia. Quizá por eso le resultó intuitivamente antipático a Iris. Tampoco le resultó realmente simpático el chico que cuenta historias, aunque le hubiera cedido su asiento comportándose como un caballero de tiempos muy anteriores. Ella pensó que la vería guapa y que era una excusa tan buena como cualquier otra para intentar entablar una conversación con ella, aunque por otro lado no tenía nada de malo, por no tener nada de comprometedor, el que alguien pensara que era guapa e intentara conocerla, también para ella era una ayuda: podía conocer personas y quizá incluso alguien digno. Digno de ser conocido y digno de oír hablar, posiblemente incluso alguien digno de besar. Pero no parecía en un principio digno de besar aquel chico, aunque le cedió el asiento y el viaje que les quedaba afrontar duraría aún unos cuarenta minutos. Sin embargo, por el anacrónico gesto de etiqueta, por la apariencia y por el comportamiento ante el otro chico, el del cigarro, se le quedó grabada la imagen, después supo que se llamaba Cosme, un nombre también anacrónico. Y es que no fue para nada poco memorable su comportamiento con el otro chico, el del cigarro. Ya que cuando este tuvo el cilindro de tabaco en la boca, Cosme le dirigió una mirada fulminante. “Aquí no te lo enciendas”, le dijo, amenazante, alzó con decisión una mano con un índice asomado fieramente. El otro chico lo miró con el cigarro en la boca, frío y confuso. Parecía no acabar de evaluar si la situación podía ser o no realmente amenazante. El tren comenzaba a frenarse porque se aproximaba a una estación. El chico optó por encenderse el cigarro y mirar directamente a Cosme. La expresión de la cara del chico, la de evaluar la situación con dificultad, mudó su lugar para situarse en la cara de Cosme, pero duró poco, rápidamente movió su brazo y le dio una bofetada al chico, su cabeza cedió hacia un lado y en su lugar quedó una bola de humo. El tren se estaba deteniendo y ambos se miraban fríamente. Cuando se abrieron las puertas, el fumador decidió bajarse. Cosme sonrió como siempre sonreía el padre de Fernando cuando podía controlar a la perfección la situación que tenía delante, era ese mismo tipo de satisfacción.

Iris conoció a Bernat cuando Joan y Aida se lo presentaron. Era una noche que fueron a beber. Ellos querían hacer de celestinos para él, o eso creyó Iris, puesto que lo que a ella le dijeron, de que si no podía estar siempre sola y tampoco interesarse por nadie siempre que salían. Incluso llegaron a decirle que tenían que quedarse con ella y renunciar a la propia diversión porque sabían que de lo contrario ella se quedaría sola y aburrida en el interior de una discoteca – una imagen que nunca es positiva, como cualquiera sabe – y que eso era negativo para todos, que podían acabar cogiéndole tirria. Iris nunca creyó que fuera en serio todo esto, ni mucho menos, más que nada porque muchas veces la habían abandonado para irse con sus conquistas de la noche, por lo que todo el discurso no era más que una sarta de falacias poco elaboradas. En cualquier caso, hicieron que se conocieran. En principio ambos hablaban poco, ella por no tener un interés especial en él y él por timidez y dudas. Él tenía dudas al respecto de todo en aquel momento, poco tiempo después se lo explicó a ella. Le dijo que hacía poco había intentado vivir una aventura, servir de ayuda para unos amigos suyos. Una vez ella escuchó la historia, decidió adaptarla a un cuento corto que publicó en su blog, pero todo eso pasó más adelante. Sin embargo, podemos decir que a él no le pareció mal, puesto que también tenía un blog. Y de hecho, fue con este asunto, los blogs, con el que rompieron el hielo y se pusieron a hablar, rápidamente llegaron a la literatura: él admiraba a Bulgakov, ella a Kerouac. Aquella noche Joan y Aida hablaron poco, al principio buscaron sacar alguna conversación intentando encontrar otros amigos comunes, pero no los hubo, cosa que tampoco les permitió explicar la historia que había llevado a Bernat hasta allí. Probablemente esto haya sido algo bueno, ya que Bernat no se habría sentido para nada cómodo hablando sobre ese tema delante de desconocidos, le hubiera resultado ofensivo. Ella fue la que consiguió, sin proponérselo, conseguir algo de qué hablar con él, fue precisamente cuando los dos ineptos celestinos desaparecieron (quizá esperando que la naturaleza triunfara donde ellos habían fracasado) que ella empezó, sin venir para nada a cuento, explicando que había conocido a ambos gracias a su blog, porque ambos leían sus escritos. Esto llamó la atención de Bernat: “¿Tienes un blog?”, en efecto, tenía uno, es más, sin querer faltarle a él el respeto, porque no lo conocía, tenía pensado quedarse en su casa aquella noche y acabar un texto que había empezado esa misma tarde. ¿Que qué escribía en el blog? Bueno, a veces historias inventadas, cosas que se le ocurrían, otras veces tiraba más hacia la reflexión sobre temas varios, y muchas veces acababa dándole forma literaria a pequeñas anécdotas que vivía o sufría, este era precisamente el caso en esta ocasión, pero no pudo acabarlo. “… y cuando volvía en el tren, un personaje bastante curioso me cedió su asiento, todo un caballero, ¿sabes? Y luego un tonto quería encenderse un cigarro y le dijo, muy solemne él, ‘aquí no te lo enciendas’ y se miraron fijamente mucho rato. Entonces el tío se encendió el cigarrillo y el otro se quedó con cara de circunstancia unos segundos, y luego le arreó una bofetada muy cómica. Entonces el tren llegó a una estación y el del cigarro se bajó con el ego herido”. Una bonita historia, calificó él, pero corta, ¿cómo podía ser que no la hubiera acabado aún? Ella dijo que realmente no tenía pensado escribirla, pero que cuando dejaba la mente en blanco volvía a ella este episodio, y se puso a escribirlo hacía un par de horas. Bernat dedujo que Iris trabajaba mucho sus escritos antes de publicarlos. ¿Qué escribía él en su blog? Bueno, buscaba fragmentos de libros que le interesaran e intentaba sacarlos de su contexto para darles una nueva dimensión, más universal. No, no se le ocurrió ningún ejemplo en ese momento. Lo cierto es que tenía miedo, o puede que sólo vergüenza, de explicar la última entrada, fresca, del blog.

Ella escribió:
Xavi estaba sentado en un muro. Justo enfrente, al otro lado de la calle, estaba el portal de su casa. Bernat lo encontró cabizbajo.
Después de saludarse, le preguntó si le pasaba algo.
— Es que te veo apagado – se explicó.
— Realmente no sé por qué estoy aquí, he quedado con Jaume y llego tarde ya.
— ¿Qué te pasa? Dime.
— Yolanda me ha dejado.
— ¿Y eso por qué?
— No me ha dicho nada claro, la verdad.
— ¿Y entonces?
Hubo una pausa, Xavi no sabía responder, estaba claro que el futuro se presentaba como una incógnita angustiante.
Bernat prometió ayudar, tenía una cierta ansia de vivir una aventura y esta parecía la oportunidad concreta perfecta. Xavi no lo detuvo, de algún modo, aunque con un aura de pesimismo, había depositado en él sus esperanzas de una solución.
El encuentro entre los amigos fue breve, cada uno partió en dirección opuesta al otro.
Xavi fue a ver a Jaume, entró en su casa y luego en su habitación, donde moraba la mayor parte del tiempo, frente a la pantalla de su ordenador.
A toda palabra de Xavi, el otro respondía con monosílabos o incluso con gruñidos. No le gustaba hablar demasiado. Tampoco pareció sorprenderse de la ruptura tal cual se lo contó Xavi.
— Y me dijo algo así como que debíamos seguir por nuestra propia cuenta porque ella no sentía por mí la dependencia que yo sentía por ella. Dependencia. Es decir, que estaba conmigo pero no quería cuidar de mí como yo lo hacía con ella. Aunque realmente creo que lo que buscaba era que yo la agobiara menos. Pero me lo podría haber dicho, habría cambiado, no habría estado tan encima de ella si eso era lo que quería… — Xavi hablaba empleando un pasado absolutamente inamovible sin darse cuenta.
Luego de desahogarse, se fue.
Poco rato después llegó Bernat a casa de Jaume, entró en la habitación y se sentó en la cama.
— Vengo de casa de Yolanda, he estado ahí para hablar con ella, pero nadie me ha abierto. Ella y Xavi lo han dejado, y quería hablar con ella y saber qué motivos tenía, le dije a Xavi que intentaría ayudar. Bueno, pero que no he podido hablar con ella, no tendrás tú su número…
— No – El monosílabo quedó en el aire suspendido, hubo una pausa antes de que Bernat volviera a intentar hablar, le invadía un gran entusiasmo, no se sentía vencido en absoluto por el primer obstáculo que se había encontrado.
— ¿Y tú por qué crees que lo han dejado? Puede que no fuera aún una relación formalizada, pero llevaban ya un tiempo. Ella antes no duraba tanto con los tíos, y además Xavi se mostraba bastante optimista cuando se le preguntaba al respecto.
Jaume no dijo nada.
— ¿Me ayudarás a contactar con ella? Le dije a Xavi que lo ayudaría o que lo intentaría al menos. ¿Tienes el número de su amiga… Mónica?
— No.
— Antes hablabas bastante con ella, ¿no?
— No tengo su número, no sé, hablábamos más, pero no le intereso demasiado.
Una vez habían ido a casa de Mónica. Bernat decidió ir directamente, sin llamar. Era poco probable que tuviera tan poca suerte que no la encontrara, eso ya le había  pasado hoy.
Y sí, ella estaba. Le abrió y lo invitó a pasar.
— Sí que tiene mi número, creo… pero no te lo habrá dado porque le caigo mal – dijo Mónica al respecto de Jaume. Luego habló de la ruptura: — No sé realmente por qué lo habrá dejado, pero tampoco quiero meterme, ella es así de impulsiva a veces, muchas veces.
— ¿Me podrías dar su número a ver si puedo hablar con ella?
— Claro, pero ahora está en su casa, he hablado con ella hace nada.
— Vale, perfecto. ¡Muchas gracias!
Bernat se puso en marcha hacia casa de Yolanda. Ella estaba en su desordenada habitación, en pijama aún. No quiso levantarse cuando picaron antes. Pero luego lo hizo para desayunar. Antes de que Bernat llegara, sonó el teléfono, era Mónica.
— ¿Viene Bernat a que le explique por qué lo he dejado con Xavi? No pienso decirle nada. No. Tampoco me convencerá de nada, Xavi es todo tuyo, en serio.

“Y luego, al día siguiente, me encontré con Aida y con Joan. Hablamos un rato sobre ello porque yo estaba maldiciendo el día en que quise vivir una aventura de bondad. Y claro, con lo que ellos conocen a todos esos, entendí mejor lo que había pasado: nadie quería estar con el otro. Xavi quería a Yolanda, pero la muy zorra quería añadir a Jaume a su colección personal; Jaume estaba enamorado en secreto de Mónica (de ahí su supuesta hostilidad, una estúpida pose); pero a ella le interesaba Xavi por su bondad y su efusividad. Un puto problema sin solución”, le explicaba Bernat a Iris en el parque, con ese tono de voz que se suele usar cuando se intenta restarle importancia a un tema que nos ha incordiado sobremanera, una especie de ironía que denota nuestra real frustración. A la sombra de un árbol estaban. Esperaban a Aida y a Joan, habían quedado para pasar la tarde allí.
No tardaron demasiado en llegar, o quizá sí, pero el rato fue fácil de pasar, Iris y Bernat conseguían mantener buenas conversaciones sin demasiado esfuerzo. De hecho, ella empezó a observar que a él le costaba bastante poco explicar sus ideas una vez la barrera de la confianza había sido superada. Bernat hablaba con bastante soltura sobre la sociedad del momento, tenía una visión ciertamente pesimista, porque parecía sentirse obligado a formar parte de algo que no le hacía gracia. En sus propias palabras, no se puede huir de la sociedad, y es horrible pensar que no sólo tenemos que vivir con todas las atrocidades que cometemos a diario, sino que toda la crueldad inspira en parte nuestra forma de ver el mundo. Un optimista consumado, sin duda. Iris pensó que era una especie de pensador utópico frustrado, pero le pareció interesante las relaciones que establecía entre cualquier hecho y nuestro propio comportamiento, como por ejemplo la paupérrima capacidad de concentración que ella tenía, probablemente a causa de nunca jamás centrarse en ninguna actividad y pasar gran parte del día leyendo demasiadas páginas web a la vez mientras hacía trabajos para la universidad o mientras hablaba con amigos que no vería hasta el fin de semana. Incluso jugaba a la vez que estudiaba y escribía a la vez que se documentaba para trabajos de investigación y cocinaba.
Cuando llegaron los otros, se pusieron a jugar a cartas encima de una manta, como si se tratara de un picnic idílico, pero la manta no tenía cuadros rojos y blancos (ni tampoco había una cesta de mimbre con bocadillos) sino que era una vieja cortina granate bastante desteñida y con diversos agujeros producto de cigarrillos en manos poco cuidadosas. En un momento, cuando a Iris le quedaba bien poco para ganar la partida, se acercó una persona al grupo. Era un chico que quería fuego. Iris se lo dio y él agradeció sentidamente el préstamo, dijo que ya casi no quedaba gente que prestara cosas con lo caro que estaba todo. Cuando habló así de solemne Iris lo miró y reconoció entonces al chico que le había dejado el asiento en el tren. No estaba segura de si él la había reconocido a ella o no, pero ella no lo había olvidado. Bueno, tampoco había pasado tanto tiempo, una semana a lo sumo. Cosme, que así se llamaba, sonrió, pero tampoco hizo ningún signo de reconocimiento. Más adelante Iris supo que sí la había reconocido y que, pese a que había sido casualidad el que se encontraran por segunda vez (una casualidad más casual que la primera, puesto que la probabilidad era menor), él veía aquel momento como una especie de señal de un dios burlón, pero que nadie no podía dejar de aprovechar del todo. Pero en el momento nadie de los presentes podría haber dicho que se había aprovechado la ocasión para que algo extraordinario sucediera, porque no sucedió nada más que el viaje de un mechero de unas manos a otras y de vuelta a las primeras. El desconocido se fue e Iris ganó aquella partida.

La noche en la que Iris y Bernat hicieron el amor fue la del viernes, es decir, dos días después de haber visto por segunda vez a Cosme de casualidad, o por designio de un dios burlón, según él. La noche del viernes los dos quedaron a solas para tomar algo, y mientras estaban allí, Bernat le explicaba una suerte de idea utópica que podría solucionar muchos problemas: “Imagínatelo, si todos pudieran rellenar una encuesta o un cuestionario y explayarse al máximo para describir su propia alma. Y sí, claro que hay gente que no sabe escribir muy bien o que no es capaz de encontrar palabras para tal representación, pero esas personas también harían un fiel retrato de su alma escribiendo lo que pudieran escribir. Y todo el mundo hace eso, me refiero a que habrían preguntas como: ‘Describe brevemente tres cosas que te den placer y cómo sientes ese placer’, lo mismo para cosas molestas, claro; o ‘¿Cómo resumirías tus complejidades para que tu pareja te comprendiera?’; o ‘¿Cómo sería para ti escribir un diario?’. Ese tipo de cosas. Entonces luego los resultados se publicarían  online con un número como signo de identificación. Y luego todos podrían ponerse en contacto con sus almas gemelas, todo el mundo sería más feliz.” Ella le dijo que eso ya existía, pero que no funcionaba así, quizá por desgracia o quizá porque cada vez más gente no creía en el amor. Pero que en cualquier caso esperaba que él jamás tuviera que hacerse una cuenta en badoo o meetic. También hubo tiempo para que le explicara un sueño que tuvo. En un principio ella pensó que trataría sobre ella, pero pronto se dio cuenta que no. Él empezó diciendo que se trataba de lo típico que le pasaba siempre con los sueños, una cosa que lo angustia mientras duerme y luego lo lleva consigo todo el día, o alguien se lo recuerda, incluso algo, un objeto inanimado le recuerda esa perturbación y entonces es cuando sabe que todo el día está perdido. El sueño en sí trataba sobre la impotencia, él estaba en un sofá y miraba hacia arriba. Allí arriba había una hormiga, como las que él tenía (y tiene, de hecho). Él no podía moverse del sofá, y entonces veía imposible el coger a la hormiga y volverla al nido. Entonces aparecía otra hormiga y los problemas se duplicaban. ¿Pasaba algo luego? No, lo cierto es que la repetición de ese episodio era lo único que había soñado. Pero fue mucho más tarde, cuando no era ya la noche del viernes sino la madrugada del sábado, mientras ambos estaban tumbados en la cama, él durmiendo y ella intentándolo (lo cierto es que hacía bastante calor, un efecto normal cuando, en septiembre, dos personas comparten una cama diseñada para una sola), fue entonces cuando ella se dio cuenta de que no podía estar más con él. Y tenía mucho que ver con lo que antes había dicho, porque ella no creía que aquella ‘encuesta para las almas’ fuera ningún tipo de solución para el mundo, no habría descubrimientos sobre la pareja más que una vez en la vida (bueno, era una simplificación, quizá sí que hubieran más descubrimientos, pero estos serían, en cualquier caso, muchos menos que en la vida real). Ni tampoco habría sensación de progreso, ni lugar para la equivocación, ni emoción en general, todo el mundo seguiría su propio beneficio, su conveniencia y jamás se guiaría por otros instintos. Además, tampoco veía claro eso de poder retratar la propia alma de uno con palabras, ella lo sabía bien, escribía casi a diario y no conseguía jamás dar una imagen completa de sí misma. Pensó en escribir algo así en su blog, pero no lo hizo, frenó el impulso tal cual le vino, o quizá su razón se había dado cuenta que no disponía aún de las palabras adecuadas, y se quedó allí dormida. Al cabo de un rato le dijo a Bernat que no debían verse más.

Leopold Doom apareció como un aparecido, salió de detrás de un edificio esquinero, nada más salir Cosme del parque. Se saludaron nada más verse y Doom comenzó a caminar al lado de Cosme, manteniendo firmemente su rápido paso. Llevaba un puro pequeño entre los dientes y lo paseaba de punta a punta de su boca, rozando contra su bigote, como si la función de fumar fuera secundaria en comparación con el placer de mover un cilindro de tabaco en la propia boca de uno.
“Es guapa”, le dijo a Cosme, que creía que el destino lo había hecho volver a verla.
“No estoy seguro de que haya sido así”, aventuró Doom, “pero has desaprovechado la casualidad, igual que la otra vez”.
“Tengo un presentimiento sobre la tercera vez, porque algo más pasará y yo lo orquestaré”, contestó Cosme con entusiasmo.
“No te hagas el duro ahora, sé que tiemblas como un flan, no eres como yo, ni lo intentes”, dijo Leopold Doom.

— Me gustaría que esa sinfonía se ejecutase una vez ante un público compuesto por los más renombrados especialistas, primero con los arreglos de las últimas dos semanas y después sin ellos. Garantizo que nadie sabría diferenciar una versión de la otra. Quiero decir que es sin duda admirable que el motivo que en la segunda frase toca el violín lo retome en la última frase la flauta. Todo está elaborado, pensado,  sentido, nada se deja librado a la casualidad de nuestra memoria, nuestra capacidad de concentración, de modo que ni el oyente más fanáticamente atento es capaz de abarcar de esa sinfonía más que una centésima parte, y seguro que aquella que menos le importaba a Mahler.
Su idea, tan evidentemente correcta, le alegraba, mientras yo iba poniéndome cada vez más triste: si mi lector se salta una frase de mi novela, no la entenderá, y sin embargo, ¿dónde hay en el mundo un lector que no se salte ni un solo renglón? ¿No soy yo mismo el mayor saltador de renglones y páginas?, decía el libro que Iris tenía en sus manos el día que aprendió el nombre de Cosme. Al leer ese fragmento un enorme pavor la invadió: mientras sus ojos aún se deslizaban hasta el final del capítulo, su pensamiento daba vueltas en círculo sobre la idea de volver a empezar la novela o comenzar a leer cada página desde la anterior hasta la primera, en ese invertido orden. Como tenía la cabeza en otra parte, que era la misma parte pero extirpada ya de su literario contexto, no pudo entender correctamente eso que seguía al fragmento, donde, por cierto, se le quitaba bastante miga al asunto – un problema insalvable, sin duda – y sólo dejó de lado la preocupación cuando sintió un impulso súbito que le pedía girarse hacia su izquierda. Miró hacia allí y vio lo que ya había antes de que mirara: un camino bordeado por césped mal cortado, unos árboles plantados con geometría, algunas personas sentadas en bancos, unos niños jugando a pelota. De detrás de un árbol apareció otra figura, no como si estuviera escondida detrás del mismo árbol sino como si pasara por detrás de él, sólo que siendo invisible antes de atravesar ese punto en concreto. Iris se sorprendió, y más aún cuando reconoció en él a aquel chico, el del fuego, el del tren, el del asiento, el de la bofetada. Venía caminando hacia ella y a medida que se acercaba disminuía su velocidad, iba a decirle algo, de eso ella estaba segura, pero no atisbaba a conocer el por qué, puesto que en dos ocasiones se habían visto sin que nada pasara. La primera de ellas no le prestó atención más allá de cederle el asiento y en la segunda no la había reconocido tan sólo. Bueno, de hecho sí, pero la suposición de Iris era tan buena como la realidad en aquel estado de ignorancia. ¿Quizá quería volver a pedirle algo? No estaba fumando en esta ocasión y ella no fumaba, sólo llevaba mechero.
Finalmente, lo que le dijo fue extraño, hablaba como un profeta: “Sabía que te volvería a ver”. Ella dijo que también le sonaba su cara. Mentía, claro, sabía perfectamente quién era él. Y siguió hablando en tono importante sobre una especie de presentimiento, una cosa que se respiraba en el ambiente aquel otro día allí mismo en ese parque, supo de forma inocente y subconsciente que volvería a ver a esa chica que ahora tenía delante porque ella había, en cierta forma, creado un pensamiento en base a él y, que de una manera oculta a los sentidos, él consiguió notarlo. Esto le causó risa a ella, “¿Cómo si me hubiera gustado el primer desconocido que me pasara por delante?” Más o menos, pero menos explícito, un sentimiento en parte reprimido por el entorno – Cosme intuía que entre los amigos de ella había alguien que era algo más que eso – y en parte ignorado por inercia al ser no un gusto sino un interés y no una atracción sino una curiosidad. Pero que él pudo percibirlo y probablemente alguien más de los presentes también.
Puso después un tono más solemne para hablar: “No admitirás algo así puesto que yo he llegado a estas conclusiones haciendo uso de los llamados malos pensamientos, es decir, pensando mal”. Pero ella le dijo que se equivocaba, que sí lo admitía, que lo recordaba y que probablemente a Bernat, el chico con el que estaba, le hubiera parecido un poco extraña aquella situación porque tanto él —Cosme aprovechó el ‘tú’ para decir su nombre — como ella se habían mirado más de lo habitual para una situación así, pero que sin embargo ella creyó que él no la había reconocido — ¿había dicho él en algún momento que se habían visto en dos ocasiones? — y también le dijo que le explicara por qué había tenido que pensar mal. Disfrutaba de la conversación con ese petulante tan sofisticado, era entretenido.
“¡Genial, eres digna de admiración! Verás, Cuando uno siente una intuición sobre los deseos de otros, ¿sabes? Quiero decir que pensamos que los otros quieren algo que nos parece en alguna manera reprobable, lo asociamos a ‘pensar mal’. Sin embargo, en algunas ocasiones, quizá en más de las que acaban reconociéndose como tales, el ‘malpensador’ tenía razón al pensar de esa manera”, Cosme hablaba entusiasmado, era evidente que este era un tema que le interesaba, siguió “La cuestión clave, creo yo, es que en el momento en que tenemos esa capacidad de sentir lo que otros quieren en lo más profundo de sus almas, es como si fuéramos omniscientes, como unos pequeños dioses. Pero la cuestión que nos separa de la verdadera divinidad es que en el momento en que somos como los dioses, no somos conscientes de ello, es sólo un presentimiento. Y luego cuando lo comprobamos, el momento de divinidad ha acabado y ya somos simples humanos otra vez, recordando con orgullo aquel momento o lamentándose de ya no estar en posesión de la verdad.”
“Es curioso eso que dices, porque podría reducirse a una frase que dice mucho menos que ello: ‘el tiempo nos priva de la inmortalidad’. Se queda bastante corta, pero ahí está también, ¿no crees?” Él asintió, y vio que el término inmortalidad se repetía en la portada del libro que ella mantenía en las manos. Hablaron de Kundera, ambos habían leído La insoportable levedad del ser. Estuvieron de acuerdo en que era un gran libro. Ella le explicó que en ese que leía ahora, el autor decía que en aquel entonces, en el entonces en que escribió La insoportable levedad del ser, se equivocó con el título, puesto que le sentaría mejor a esa obra que escribía ahora, a la que finalmente tuvo que llamar La inmortalidad.

Se vieron otra vez más y otra incluso.
En esta última ocasión Iris se mostró más participativa, le habló sin muchos tapujos de Bernat y lo que les había pasado. Un desengaño que Cosme calificó de natural: “Bernat es lo contrario a un humano con humanidad: él no desea de ninguna manera enfrentarse al mundo y conocer la verdad de las cosas, lucha cada día contra su propia imagen porque cree que no le representa hasta sus máximas entrañas. Es un cobarde, es alguien que eligió no-elegir.” Iris contestó que no estaba de acuerdo en que hubiera elegido no-elegir, sólo que sus elecciones eran tan drásticamente utópicas que parecían ser no reales, es decir, no-ser. Cosme aceptó que quizá se hubiera excedido diciendo eso de no-elegir, que eso lo debían reservar para aquellos que no pensaban por sí mismos, los que Kant hubiera llamado menores de edad. “Además, él pretende que se le dé una respuesta a eso que yace detrás de las imágenes de cada uno mediante una imagen. Es decir, conseguir una imagen de la verdad para combatir la imagen que siempre es mentira. Es absurdo, un imposible desde su planteamiento lógico”.
Todo esto Iris lo sabía ya, pero le hubiera sido imposible verbalizarlo con tanta claridad, la elocuencia de Cosme era de mucha ayuda para ella. Luego estuvieron en silencio un rato, Cosme propuso ver una película, la primera opción fue Funny Games, pero ella ya la había visto; “Podemos ver Cabin in the Woods, que es su sucesora espiritual”, sugirió Cosme. Sin embargo, lo cierto es que sólo vieron los primeros minutos, la pararon para fumar marihuana y no volvieron a reproducirla, a Iris se le había ocurrido una idea:
“Aquello que me dijiste, sobre el contacto con lo divino separado en el tiempo del conocimiento del mismo. Me hizo pensar en una cosa. Yo no creo realmente en algún tipo de divinidad concreta…” Cosme quiso interrumpirla para decirle que él tampoco, que de hecho, incluso los dioses grecorromanos no siempre tuvieron forma humana y que en un principio eran asociados con la fuerza de la naturaleza a la que representaban, por eso Marte era capaz de estar en todos los sitios de la lid a la vez, no porque fuera rápido como el viento, sino porque él era la fuerza de la batalla, él era el espíritu bélico; pero sin embargo ella no le dejó, levantó una mano y alzó un poco su tono de voz para indicarle sin realmente hacerlo que la dejara acabar: “Y sí creo que este tipo de ‘contacto divino’ por conocer el alma de otros es algún tipo de empatía intuitiva. Y esto me hace pensar que se basa en factores psicológicos comunes a todos nosotros, la experiencia en situaciones anteriores, nuestro egoísmo, y también la empatía que hayamos sentido previamente por otras personas que nos recuerdan a las nuevas. Entonces puede deducirse que cualquier persona tiene la capacidad para ‘pensar mal’. Y si es así, todos estamos desnudos ante la intuición de algún otro, por mucho que nos abriguemos en muchas formas y mentiras, en muchas imágenes. Las mentiras y las evasiones, las evasivas o las indirectas nunca dejan de ser también la verdad que ocultan”.
“La mentira siempre es verdad”, sentenció Cosme. Y luego añadió que eso significaba también que en el fondo todos éramos capaces de empatizar con nuestro lado más oscuro porque en todos nosotros estaba presente. Es decir que todos estábamos en cierta forma predispuestos al egoísmo. “Es como una curiosidad que he observado en nuestro comportamiento. Supongamos que en este momento me suena mi teléfono móvil. Yo dejaría de hablar contigo, sacaría el teléfono de mi bolsillo y me pondría a hablar con quien quiera que fuera el inoportuno. Esto querría decir que yo, por empatía, entiendo que él solicita hablar conmigo ahora, sin importar lo ocupado que yo esté, y que si no le concedo eso que pide, se enfadará conmigo. A todos nos ha pasado, enfadarnos porque no nos contestan o nos cuelgan. Sentimos un mínimo de respeto hacia lo que también queremos que se nos respete a nosotros. Es una concesión al egoísmo individual, algo que también caracteriza nuestra época más que ninguna, es evidente que antes de la existencia del teléfono móvil, incluso del fijo, nunca pensaríamos que las personas fueran tan egoístas como para no respetar una conversación ya en marcha. En Japón ya está presente el siguiente paso, siempre van por delante, probablemente porque su pasado fue borrado contra su voluntad. La gente va con mascarillas por la calle para no contagiar a otros con su enfermedad”.
Ironías de la vida, a él le sonó el teléfono. Sonrieron ambos y él tuvo que contestar. Mientras hablaba, exactamente en el instante en que él pronunciaba la palabra ‘ahora’, ella pensó que él era una compañía extremadamente agradable, pero que, en el fondo, ella sabía exactamente que lo que él quería era algo más que una amistad. Se puso triste de pronto, porque eso no entraba en sus planes. Sabía que de prolongar esta relación, él se sentiría peor y no quería demostrar ese tipo de egoísmo, incluso sin saber si él sería capaz de hacer algo así como lo que ella iba a hacer de encontrarse en esa misma situación. Tuvo que decirle esto mismo cuando colgó, y luego se fue a su casa.

Era de noche e Iris había quedado con unas compañeras de facultad en la playa. Había un concierto de La Patrulla Espacial. En el momento en que Iris tocaba con sus pies la arena y pensaba “¡qué fría!”, Fernando comenzó el intento de explicarle a Xavi una teoría sobre la realidad que le parecía perfecta como alegoría:
“Todo lo que vemos, todo lo que hay en el mundo, se extiende en tres dimensiones, ¿no? Bueno, imagínate que hay una cuarta dimensión espacial que no podemos percibir. Como también hay animales que no ven realmente en tres dimensiones, nosotros quizá seamos incapaces de ver en cuatro. Y sin embargo, está ahí, esa otra ‘extensión’ de las cosas. ¿Me sigues? Entonces en esa cuarta dimensión en la que todas las cosas se extienden, todos nosotros y todo lo que hay tiene una ‘forma’ particular. Y esas formas también se relacionan, encajan, chocan, se rascan, etcétera. Y eso es lo que ocasiona todo lo que sí podemos percibir, como la sombra de lo que realmente está pasando en esa otra dimensión desconocida que no es más que otra parte infinitas veces más grande que la parte que podemos ver”.
Y en el momento en que acabó esta explicación —sintiendo que Xavi no había podido realmente interiorizarla y que toda la saliva utilizada no habría servido realmente para nada — vio por encima del hombro de su amigo la cara de Iris. En ese momento era sólo ‘una chica’ y no Iris, porque no la conocía. Pero no tardó mucho en acercarse. Se sentía especialmente clarividente esa noche y podía hablar con soltura sin tener que preparárselo con mucha antelación. Así que el tiempo nimio del recorrido de la distancia que los separaba fue suficiente para pensar lo que le dijo, que, además, era verdad.
“A veces, uno, bueno, tú, o yo, miramos a algún desconocido, por la calle o donde sea y pensamos algo al respecto: ¡qué gordo!, ¿dónde irá con esos pantalones?; o a veces lo comentamos con alguien y los dos reímos, ¿entiendes? Una observación cualquiera sobre alguien. Lo curioso está en que segundos después de ese comentario o pensamiento, esa persona desconocida se gira y nos mira fijamente, como si nuestra observación hubiera sido como un pequeño bicho que hubiera ido directo a su cuello a chupar sangre o algo así”. Él era Fernando y estaba encantado de conocerla a ella, Iris. Ella supo reconocer la situación que él narraba, pues no le había pasado sólo hace un instante con él, sino también con Cosme hacía unas dos semanas.

Ese día se besaron, pero fue producto del alcohol y no de verdaderas voluntades. Sin embargo, les sirvió para seguir viéndose con más formalidad. Más de una vez, en estas salidas, hablaron sobre tetradimensionalidad.

Iris se sentía muy a gusto con Fernando, y no fue difícil el paso a una relación con él. El mismo día que eso pasó, antes ella había observado una cuestión sobre la interpretación de las imágenes. Dibujó en un papel una línea. Esa línea, dijo, simbolizaba la línea de la vida de cualquiera. Un punto cualquiera de esta línea de tiempo se correspondería con la percepción de una imagen — o conjunto de imágenes — en concreto, como una película, un libro o una pintura.
“Todo el mundo sabe que una imagen, bueno, es decir, cualquier percepción, tiene un fondo y una forma”, siguió ella mientras dibujaba dos líneas a partir de ese punto. 

“Este análisis se extiende ya en dos dimensiones, pero incluso podemos ir más allá, es más, debemos ir más allá. Porque si no lo hiciéramos, pensaríamos que una correlación entre el fondo y la forma sería suficiente para dotar de verdad a las imágenes que creamos, y eso es mentira, hay muchas películas que tienen una gran relación fondo-forma y no son más que mentiras de cabo a rabo. Así que tenemos que extendernos hacia una tercera dimensión, el fondo y la forma del fondo y el fondo y la forma de la forma”. Dibujó en el papel dos bifurcaciones a partir de los cabos que había ya bautizado como ‘Fondo’ y ‘Forma’. “Entonces podemos ver que el fondo, el discurso de la obra, tiene una estructura formal y un fondo que es lo que realmente quiere decir, privado de la forma en que lo dice (que no es la forma del todo que percibimos necesariamente). Y también la forma del todo tiene una forma o estructura desnuda y un fondo o razón de ser de esa manera y no de otra. De esta manera tenemos una visión más completa, un análisis en profundidad de, por ejemplo, una obra de arte. Pero lo bueno es lo que está más allá. Porque la forma del fondo, por ejemplo, es decir, la forma que ha adoptado un discurso, probablemente también tenga un fondo y una forma, y eso mismo tendrá cada una de las partes en que ya hemos dividido el análisis” (volvió a dibujar bifurcaciones en las ya bifurcadas partes) “Pero esta parte nos es muy difícil de percibir, de hecho, en las películas que sentimos más cercanas a nosotros, notamos que hay algún tipo de conexión especial que no puede identificarse, algo que inunda nuestras almas. Ese algo es la conexión con alguno de estos ocho elementos, sea el que sea. Pero ni siquiera con un análisis profundo podríamos determinarlos todos, sólo empezar a atisbar cómo sería alguno, a lo sumo, dos.”
Fernando entendió lo que ella quería decir. La quiso mucho por ello, puesto que le había dado a la teoría de las cuatro dimensiones una, valga la redundancia, dimensión de veracidad que él jamás habría sido capaz de conseguir. Sin embargo, esto le inspiró a explicarle algo que él también había observado. Para ello, la llevó delante del ordenador y empezó a enseñarle fotografías. Eran imágenes hechas con el microscopio electrónico, luego fotografías de detalles de ojos y luego fotografías de patrones en el hielo. Mientras se las enseñaba, Fernando explicaba que dentro del caos que reina el mundo, cuando se prestaba muchísima atención, podía atisbarse una cierta mano creadora, en el sentido de que en el caos natural había una belleza demasiado pura como para no haber estado buscada. Luego dijo que esta idea no le parecía algo bueno, y que haberlo notado o descubierto lo desanimaba.




“¿Tenerlo siempre en cuenta? ¿Por qué? Es la idea más absurda que he oído, es como ser de Nueva York e irse a un pueblo a sentarse en la plaza y ver pasar las gentes y las horas al mismo ritmo”. Cuando Iris dijo eso y se fue, se dio cuenta que, aunque el enfado momentáneo se le pasaría rápidamente, nada volvería a ser igual. Algo había muerto a causa de la decepción que le había ocasionado esa idea. Un sofismo que convertía todo estímulo en diminuto o inexistente, una atrocidad contra la cultura humana. En el fondo del alma, eso sí que no podría perdonárselo nunca. Fernando se arrepintió en seguida de haberle explicado tal teoría, pese a haberle advertido que no era suya, sino de su padre, y que ya hacía años que la había oído y superado. Quizá superado no es la palabra porque lo que su mente había hecho era trabajar en ella hasta sepultarla, pero sin embargo siempre resurgía y Fernando volvía a ella en repetidas ocasiones. De no ser una idea boomerang sobre la cual orbitaran muchas veces las demás que él tenía, jamás habrían hablado de ella en aquel momento.

Fernando tuvo esa noche un sueño bastante angustiante:
Ante un desconocido estaba.
No era exactamente un desconocido.
Más bien era todos sus conocidos.
Cualidades de uno, de otro.
A veces Xavi, a veces Jaume, a veces Pablo.

El múltiple dijo que algo terrible sucedió allí.
Algo terrible. ¿Qué?

Él estaba, después, solo en una habitación
sin muebles ni objetos a la vista.
Un suelo polvoriento de tablones finos y largos.
Sus líneas paralelas se tocaban en el infinito.
Una ventana en una pared. Allí estaba ella,
la mujer del vestido rojo. De espaldas, apoyada en el alféizar.
La ventana sólo tiene una hoja.

Allí no hay nadie, nunca hubo nadie.
En el alféizar resta sólo una ligera tela escarlata.
Él se acerca.
Algo terrible.
Paso a paso. Se acerca.
Algo terrible allí.
¿Qué?
Al mirar poder asomarse, lo ve.
El monstruo era él.


10:15, suena una alarma, es una canción de La Patrulla Espacial: Días futuros.
Iris está en un bar, Fernando se levanta para pedir unas copas. En la mesa está sentada Aida, Joan, Xavi y Gabriela. Iris gira su cabeza y observa quién hay en las demás mesas. Aida pregunta la hora, “las diez y cuarto”, responde ella. En otra mesa hay un chico que no deja de mirar a Iris, la tiene preocupada, ¿lo conoce? En un momento este chico se acerca y se sienta en el sitio de Fernando. Dice: “No es necesario para el público saber si estoy bromeando o no, como tampoco es necesario para mí mismo saberlo”. Iris sonríe.
10:15, suena Días futuros.
Iris pregunta la hora a Aida, se aburre. Fernando debería ir a traerle una copa, pero ha dicho que no tiene dinero, por lo que ahora ambos tienen sed.
10:15, Días futuros.
Iris mira la hora en su teléfono móvil, se aburre. Mira a la otra mesa, donde estaba el chico, pero no hay nadie allí.
10:15, Días futuros.
Iris espera ansiosa que el chico la reconozca, pero no lo hace, se levantan y se van sin decirle a ella nada.
10:15, Días futuros.
Iris, en el bar, se levanta justo después que Fernando y va a la mesa del chico que no para de mirarla. Le pregunta la hora y poco después está sentada a su lado y bebiendo.
10:15, Días futuros.
Iris apaga la alarma y se levanta. No se encuentra cómoda con sí misma y de hecho ni siquiera se explica cómo es que está durmiendo en casa de Fernando y no en la suya —o peor aún, en la de otra persona—, la luz entra por la ventana y más aún por el ventanal de la sala de estar. Iris no ve a Fernando por ninguna parte, intuye que está en el lavabo cuando intenta abrir la puerta y no lo consigue. No hay nadie más en la casa.

“Lamento mucho lo que pasó, no me siento nada orgullosa. De hecho, no sé cómo pudo pasar. Pero algo en mí me impulsó a ello. Supongo que todo cambió en algún momento. No conseguía hacerme a la idea del todo y tuve que buscar una forma de escapar. Siento que haya tenido que pasar todo esto, pero de alguna forma tenía que acabarse. He tenido que herirte, pero ha sido una herida menos profunda de esta manera que si hubiéramos continuado hasta un desengaño total por mi parte, así al menos puedes tener la conciencia más tranquila, toda la culpa del acto ha sido mía, he escogido hacer daño, algo que es normal, porque siempre que escojo parece ser esa la consecuencia, pero no puedo hacerle nada. Lo mejor será que no nos volvamos a ver. Ahora debo irme”. Así, sin siquiera poder pasar al baño. Realmente la ayudó mucho no tener que verle la cara, igual que el hecho de que no hubiera réplica. A medida que se iba, bajando las escaleras pues no había ascensor, su corazón pinchaba en lo más hondo cada vez más. Pensó que se le pasaría.
Lo cierto es que Fernando no pudo escuchar lo que ella dijo. Decir que no estaba detrás de esa puerta del lavabo sería ser impreciso, pero también lo sería el decir que estaba allí. Unas horas antes, alrededor de las 8:50, se metió en el baño con una vieja radio. Llenó la bañera y se metió, luego estiró del aparato para que cayera al agua. Iris no notó que no había luz en la casa, el sol lo iluminaba todo maravillosamente. Aquel día habrían cumplido 7 meses de relación.

domingo, 30 de septiembre de 2012

No sé mucho de demiurgia

pero imagino que no se empieza por el título... si ahora hablo de nobleza la conexión de ideas puede ser adecuada, sencilla, incluso ambiciosa, empatizando con las perlas del fondo del mar Persona:
Demiurgos, título, nobleza...
Ahora sale una nueva cosa: Persona quería decir máscara, la metáfora del mar roza la perfección semiológica.
Parezco Fellini en el vacío de la existencia: ¿qué se espera de este texto? A mi mente una nueva intertextualidad: Atxaga diciendo que para escribir un cuento en 5 minutos...
Sonrío: dientes afilados como guillotinas recién pulidas componen y desfiguran mi cara, no hay nada en el consciente, estoy libre. Quizá la meditación zen me permitiría descomponer y figurar mi espíritu, pero no soy yo el que debe buscar un camino ya andado, nunca lo he sido: cada experiencia es nueva en mí, las no vividas de primera mano también lo son en mí y para mí. Mi escritura será mi zen.
Nunca un paso atrás, siempre valiente.
Esto nunca debe ser leído. De hecho, ni yo lo entenderé mañana.

Memorias del cardioparto
En la jungla malaya, un sacerdote y un báculo pestañeaban ante mis ojos inertes. Una nube gris descargó su ira cerca, la selva arde detrás del templo.
En la ventana abierta reposan mis piernas, abajo no es infinito, infinito es ahí arriba.
Caen árboles y un ritual comienza, rítmicas palpitaciones como un glande ansioso. Una carretera con yugoslavos borrachos de trombón y gitanas grita a través de una grieta; el suelo resquebrajado, salen querubines gordos, uno lleva un casco alemán de la Primera Guerra Mundial, otro cascos con la música a toda leche.
Me siento en el alféizar de frío aluminio que inspecciona mis muslos como alienígenas en la boca de un Increíble. Allí abajo la selva arde como si fuera real. Aterrizaré entre colchones había sido lo primero que había pensado, luego vi todo desde la tercera fila de un teatro griego, se interpretaba una tragedia.
El día sigue a la noche, un pequeño halo naranja sigue a un cilindro de papel, el humo sigue al halo. Todo está mejor, mejor en una lata de conservas. Creo que es tiempo de dar una excursión, no por la selva, no sé cuáles son los daños ni quiero. Necesitaré una musa.

Desembarcar en una caja de cartón
La intención primera era obtener un bergantín, una goleta, una barca, una canoa, cuatro troncos atados. Disminuimos porque el amor es así: siempre hay concesión. El paraíso era la vida de Polifemo.
Puedo verme como el cíclope sólo en sentido metafórico – no tórnase cayado mi bastón por mi peso, mi bastón es de letras y en él está mi propia fuerza – pero su vida oh vida mía que en este instante de crónica autobiográfica entiende qué es el objetivo: el capítulo final será una oda.
La concesión es porque hay Otro, tengo una visión después de ver a Galatea por tercera vez:
En la torre de un castillo de piedra amarillenta, viento polvoriento ahuyenta pájaros cantores bondadosos, el sol motor de la propia extensión del virus humano. Rapunzel huye con la melena desgarrada del príncipe aliento de ajo en el que se ahogan las palabras contradictorias en hipotenusa: te quiero, no debes tenerme – quizá oímos mal –. Entonces ella salta para esquivar una rata – soy yo – y cae en un montón de paja rancia ¡Qué comodidad!
Cambio de escena: un tiburón me asedia a mí y a una atractiva joven filipina, en nuestro barco apenas hay sitio para que nuestras ingles no se rocen. Mezclo el miedo con la excitación, soy el valiente mendigo que no se chiva a la poli pero sí al menos ortodoxo con la mierda en la mano.
- Puedes encontrarlos en el apartamento de La Inmortal
- ¿Quién es esa?
- Lale, que quiere decir tulipán. Es turco, aunque no sé si ella lo es.
- La conozco
- Claro que la conoces, está muerta.
Entonces el tiburón sacude la barca y yo caigo.
- Ahora tengo la vía libre.
El puto escualo en la falda de la chica, lo acaricia y ronronea como un gato.
Despierto. El sudor frío huele a afrodisíaco. Erecto.
Despierto. Estoy abrazado a Ella.
Despierto. Una mano invisible ya no está.
Galatea ríe desde la selva devastada:
- Búscame
Ella sonríe a su lado, le toca los pechos lascivamente.
- Al final, disfrutabas incluso en aquella ventana.
Voy y alquilo una caja de cartón para ir a Borneo.

Oda al triángulo amoroso – Prólogo
Dentro del Club Silencio llega un leve olor a jazmín y lavanda. La Llorona de Los Ángeles se desploma, lágrimas y shock.

Oda al triángulo amoroso – Planteamiento
1. Tres personas en una sala: 2 hombres y una mujer, desnudos.
2. Yo soy Dios, borro de las cabezas del trío todo conocimiento, los dejo desnudos por dentro también.
3. El primer hombre mira a lo que tiene delante: dos imágenes distintas entre sí. Se mira a sí mismo después ¿qué esperabas? no sabe cómo es él.
3.1 Esto se aplica también al segundo hombre.
4. ¿Qué puede pensar ella?
5. Mi voz resuena entonces por todos lados, como un grillo, ilocalizable: "¿De lo que ves, qué te gusta más?".
6. Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos al cabo de un rato, entonces digo: "¿Como qué o quién educarás a tus hijos?"
7. Tres personas en una sala: 2 mujeres y un hombre, desnudos.
13. Spielberg deja de pensar en su pueblo mutilado y se mete hasta el fondo en el New Age, sus nietos son niños índigo.
14. Preño a una virgen con una semilla de Yo. Mis pseudocongéneres me dirán que estoy demasiado lleno de mí mismo. Les digo que se confunden con mi madre.
15. Escribo este texto pensando en un corolario a una ley no enunciada por mí: "una puerta que no cierra es lo peor: diseñada por hombres para solucionar una dificultad, sólo genera exasperación cuando el viento sopla.". Entonces mi padre me dice que soy demasiado abstracto.

Oda al triángulo amoroso – Desenlace
Un escenario rojo comienza a incandescer tan pronto como las cortinas se separan.
A priori sabemos que no hay banda, lo supimos en un sueño. Así que ahora veremos la obra, lo que da un pintor al lienzo blancuzco, lo mutable de lo inmutable: la parte interesante de la palabra. Palabra.
Sentado frente a la taza de té: Godard habla de la teoría del estéreo; yo leo una prosa a cuatro manos que hice. La cuchara da vueltas. No es la primera vez, siempre sabe bien.
Bajan un fondo de libros, por los lados entran estanterías enormes llenas de volúmenes, aunque odio esa palabra.
Una chica con expresión detestable tras unas gafas cuadradas sale de por ahí con un dedo sobre el labio superior. Algún espectador se enfada por la horrenda mezcla de el saber y esa figura.
Un chico viene de la otra banda, desnudo pero tapándose con mucho pudor las partes. Tres chicos con boinas de proletario del siglo XIX entran detrás de él, lo rodean y le tiran tomates. Átanlo con una cuerda gruesa, hacen un montículo con libros y lo suben a la vez que se preparan para ahorcarlo, la cuerda pasada por la enorme tramoya como ramas secas de un bosque milenario.
Colgado y tocando con la punta de los dedos la tapa de El jugador, de Dostoievsky, ve cómo desnudan a la chica y la penetran, primero por turnos, luego, no. Intenta gritar y se ahoga en sangre de glándula salival. El público se da cuenta de que él la ama.
Se pone más rojo que el escenario o este se torna negro y él brilla marcianamente. Entonces lo inesperado: eyacula. Cae la cuerda, cae una luz desde lo alto, la escena se enciende en llamas, el espíritu de Ares ya no está en la silla de piedra monumental, vuela como por un campo de batalla, todos los sitios a la vez, los brutos corren y ella mira al Buen Chico con la misma cara de asco que lo enamoró.
Cae una jaula plateada, quedan atrapados mientras el fuego los envuelve. Las personas se levantan. Alguno señala y balbucea entre manos a la cabeza:
- ¡Alguien que los salve!¡Por favor!
Se cierra el telón.

Oda al triángulo amoroso – Nudo
La forma perfecta no es lineal
pues sólo la lógica tejer no consigue
hilar puede, hilvanar con ciertas concesiones que sólo quien ha intentado pasar la astronomía
a la Dimensión Humana puede entender: materia y energía oscuras.
La lógica sólo, pues, consigue no tejer
la forma perfecta. No. Es lineal.
Y es ese su problema:
qué hay entre tesis y antítesis ese es su problema:
síntesis está en el mismo plano unidimensional ese es su problema:
una línea hace un punto como sombra
la de un cubo es 2D y yo creo que sabes que la sombra del sentimiento se extiende en profundo
y De Profundis ¿sabes?
Imagina un organigrama en 4 dimensiones para ubicar la verdadera Teogonía.
La lógica puede moverse en líneas por dos ejes y aproximarse a una verdad
de dos ejes.
Hablo del triángulo de la razón, un punto de inicio, dos destinos, siempre.
Equilátero a veces (las más racionales), otras escaleno y nauseabúndamente atractivo.
¿Puede la lógica deslizarse y flotar alrededor de un tetraedro?
¿Y […] por un pentachoron?

Oda al triángulo amoroso – Epílogo
La taza de te vacía. Me siento en la silla de papel escrito, es como un trono tejido en crochet. Todo puédese tejer en crochet, las arañas deberían aprender: trampas para osos, guillotinas, aviones de guerra.
El gran genio de la humanidad está imperfecto: un borracho es echado de un bar en mitad de su discurso verídico e iluminado como el astro rey de los traficantes de almas en pena somos todos aquí abajo sólo hay muerte incluso en conserva, abres por olivas y...
Afuera, en la calle, hace frío, de hecho, el suelo está tan nevado como la nariz de aquel Jodido Genio.
El insomnio en dos o tres cucharadas de azúcar vitalista hasta que se proyecte una nueva pirámide.
Buenas noches, buen provecho.

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