“Creo que fue cerca de los diez años…”, “¿El
qué?, “La historia que voy a contarte.” Son las tres primeras líneas de diálogo
a las que atendemos de esta conversación. El chico siempre hablaba con un tono
seguro, decidido, daba la sensación de no tener que perder nada. “Una teoría
quizá”. Otra pausa. “Es como el primer recuerdo que tengo de una reflexión
sobre simbolismo. El germen de la hermenéutica en mí.”
Iris escuchaba atentamente, no decía nada.
Le gustaba oírle hablar, probablemente lo que más podía gustarle sobre él eran
sus palabras.
“Mi tío favorito me regaló un libro, El hombre que calculaba. La historia es
de un matemático árabe en la edad media. Que pasa de ser pastor a consejero del
sultán, pasando por cierto número de pruebas de habilidad mental.
Ella dijo que parecía interesante. Fue
corroborada por él, que añadió que podía ser un libro muy recomendable para un
niño que le gustase o bien la historia o bien las matemáticas. Luego continuó
explicando que en las tapas del libro había un breve texto de reseña. Un
fragmento de esta decía algo similar a que el
problema que más se le resistía al hombre que calculaba era el del amor. Y
tal afirmación escrita tan soberbiamente allí, al niño de 10 años que él había
sido, lo afectó enormemente: le impactó leer en una frase una simplificación
tan grande de lo que constituía para él, hasta entonces, la narración. Se pasó
con ese libro mucho tiempo, lo releía y encontraba ese ‘algo’ oculto detrás del
propio texto, toda una satisfacción. Iris supuso en voz alta: “Y crees que eso
cambió tu forma de acercarte a… al… ‘arte’, ¿no?”. Algo así, pero no fue en el
momento mismo, lo cierto es que no se había acordado de tal episodio en su vida
hasta hacía unos días. Pero subconscientemente parecía yacer ese deseo de aproximarse
de esta forma a cualquier hecho. “Sólo tuve que crecer para reencontrar el
deseo y abrazar con facilidad la interpretación simbólica”.
Esta historia se llama Teseracto.
“¿Y es una historia real?”, preguntó Iris.
“¿Qué?” Al parecer él no había oído bien.
“Que si es real, antes has dicho que disfrutabas mucho inventando historias”.
Él contestó como si se preguntara a sí mismo
y no como si fuera ella quien tuviera que oírlo: “¿Real como si sus personajes
hayan o no vivido? Claro que sí: yo existo. ¿O real como si la historia es algo
que me pasó a mí o a alguien que conozca? Bueno, mis historias siempre me han
pasado a mí. Soy yo lo que hay en todas mis historias.
Fernando estaba sentado a la mesa. Su padre
lo miraba serio desde el otro extremo. A través de unas gafas cuadradas una
mirada penetrante se clavaba en Fernando, en todo su ser. Ayer había cumplido
dieciséis años y hoy su padre lo había llamado para que estuviera ahí. Quería
explicarle algo muy importante. Aún no había comenzado y la espera era un poco
tediosa, además tenía esa mirada, penetrante y expectante, como si esperara que
le dijeran que bueno qué, que estaba ahí para oír qué tenía que decir y sólo
entonces empezar a hablar, sin prisas, con la satisfacción de tener bajo su
control el nivel de exasperación del interlocutor en todo momento – esbozando
una tenue sonrisa de autorreconocimiento –. Pero no hubo necesidad de solicitar
de mala gana que hablara, porque acabó haciéndolo, en parte porque quería,
pensó Fernando, y en parte porque padre e hijo llegan a conocerse bastante a lo
largo de dieciséis años y era normal que Fernando no le arengara ya más y
mantuviera inquebrantable la expectación paciente. Habló desde el otro lado de
la mesa, sentado muy recto, pero pronto cambió esa forma tan formada, tan
estructural, para ponerse más encorvado y emocionarse con sus propias palabras,
no era que le entusiasmara ese tema más que ningún otro, sino que la
explicación en sí requería este tipo de esfuerzos extra en la expresividad. Su
padre habló primero sobre la cantidad de cosas que seguro Fernando había podido
observar a lo largo de los años que tiene de vida, y de algo que quizá empezara
a gestarse en su interior, una especie de visión estructural de todo, aunque
aún bastante amorfa para ser en sí misma una estructura. Cierto, pensó
Fernando, que él se daba cuenta que las cosas tenían algo más que lo concreto y
que en toda la parte más abstracta de la vida de los humanos era donde más se
divertía y donde más difícil era quedarse. El padre dijo que era fácilmente
reconocible para él y probablemente para su hijo también que había unas formas
básicas de clasificar las acciones y las palabras y las imágenes, pero no estos
elementos en sí mismos, sino su sentido. Y los sentidos obedecían a principios
generalmente humanos, que se esconden en cualquier mente. Nombró el “egoísmo” y
su opuesto “altruismo”; luego nombró la “razón” y la “pasión”. Fernando había
usado estos términos también alguna vez, pero no había visto esto como una
especie de mapa de coordenadas donde situar todo sentido de los acontecimientos
que pasaron, pasan y pasarán; pero eso fue exactamente lo que su padre dibujó a
continuación en un papel. Una cruz, dos ejes, dos “dualismos”. Le pareció útil
esta visión. Su padre le quitó esa alegría al continuar con su explicación: ¿y
si hubieran más dualismos a tener en cuenta? ¿Qué tal el miedo y la ira?
¿Alegría y tristeza? ¿Se puede sufrir un miedo altruista? ¿Sería ese un miedo
racional o irracional? ¿Existe la ira racional? —mentalmente, el joven Fernando
relacionó ‘ira racional’ con ‘envidia’, pero no dijo nada—. Había nombrado dos dualidades
más, pero seguro que podía pensar en más proponiéndoselo ligeramente. Atravesó
el papel justo por la encrucijada de las líneas con el bolígrafo. Así tenía 3
ejes, 3 dualidades. ¿Pero cómo situar el cuarto eje? No sabía hacia dónde se
podía extender la cuarta dimensión, es algo inconcebible para el hombre, porque
no podemos verlo, por lo que no podemos saber de ninguna manera la apariencia
de la cuarta dimensión. Es imperceptible. “Entonces”, concluyó, “si nuestro
mapa de coordenadas es irrepresentable, no podemos utilizarlo. Y así es como el
mundo se convierte en eso tan absurdo que es. Y es que no puede conseguirse una
visión unitaria, no hay forma de poder situar los hechos humanos en el
‘cuadrante’ que les pertenece, siempre nos quedamos cortos, nuestra capacidad
es limitada. Eso es todo. Debes saberlo y tenerlo siempre en cuenta.”
“¿Tenerlo siempre en cuenta? ¿Por qué? Es la
idea más absurda que he oído, es como ser de Nueva York e irse a un pueblo a
sentarse en la plaza y ver pasar las gentes y las horas al mismo ritmo.”, dijo
Iris. Estaba junto a Fernando. Ambos con los brazos apoyados sobre el pretil
que separaba la arena del hormigón del suelo del paseo marítimo y encima de los
brazos las cabezas. Ella levantó la suya y extendió los brazos. Fernando pensó
que se iría, y no anduvo desacertado, pues ella comenzó a caminar hacia el
horizonte que se extendía delante de él en aquél instante. Fernando permaneció
desconcertado unos momentos, no entendía que le pudiera haber afectado tanto.
Luego permaneció aún allí, porque tenía cierto orgullo y no iría tras ella sin
entender qué tipo de culpa justificada tenía él. Pero al final cedió y la fue a
buscar. No pasó nada más aquel día.
La historia de Iris comienza cuando conoce
al chico al que le gusta contar historias. Pero esto ella no lo sabe cuando lo
conoce. De hecho, en el momento de conocerle, no sabe nada al respecto de él,
salvo lo que salta a la vista. Que lleva un chaleco de tela jean por encima de
una camisa blanca y que la perilla que lleva le da un aire de gallito que
complementa, sin saberse bien bien por qué, esa imagen tan pasada de moda que
representa su ropa. El tren donde se conocieron era un tren de los que salen de
la gran ciudad y llevan a la gente a los pueblos cercanos. Era además el primer
tren de un sábado, por lo que estaba lleno de innumerables jóvenes que, como
ellos, querían volver tras haber pasado la noche en la sofisticada urbe. Gente
de todo tipo se amontona en esos trenes,
tanta que lo más probable es quedarse sin sitio donde sentarse y tener que
viajar de pie. Y cuando incluso de pie se halla uno extremadamente cercado por
otros cuerpos, una sensación agobiante le invade. En este tipo de clima se oyó
a un chico pedir que le dieran de fumar, pedir a voces, buscando la caridad de
algún extraño, aunque tampoco parecía realmente una solicitud tanto como una
exigencia. Quizá por eso le resultó intuitivamente antipático a Iris. Tampoco
le resultó realmente simpático el chico que cuenta historias, aunque le hubiera
cedido su asiento comportándose como un caballero de tiempos muy anteriores.
Ella pensó que la vería guapa y que era una excusa tan buena como cualquier
otra para intentar entablar una conversación con ella, aunque por otro lado no
tenía nada de malo, por no tener nada de comprometedor, el que alguien pensara
que era guapa e intentara conocerla, también para ella era una ayuda: podía
conocer personas y quizá incluso alguien digno. Digno de ser conocido y digno
de oír hablar, posiblemente incluso alguien digno de besar. Pero no parecía en
un principio digno de besar aquel chico, aunque le cedió el asiento y el viaje
que les quedaba afrontar duraría aún unos cuarenta minutos. Sin embargo, por el
anacrónico gesto de etiqueta, por la apariencia y por el comportamiento ante el
otro chico, el del cigarro, se le quedó grabada la imagen, después supo que se
llamaba Cosme, un nombre también anacrónico. Y es que no fue para nada poco
memorable su comportamiento con el otro chico, el del cigarro. Ya que cuando
este tuvo el cilindro de tabaco en la boca, Cosme le dirigió una mirada
fulminante. “Aquí no te lo enciendas”, le dijo, amenazante, alzó con decisión
una mano con un índice asomado fieramente. El otro chico lo miró con el cigarro
en la boca, frío y confuso. Parecía no acabar de evaluar si la situación podía
ser o no realmente amenazante. El tren comenzaba a frenarse porque se
aproximaba a una estación. El chico optó por encenderse el cigarro y mirar
directamente a Cosme. La expresión de la cara del chico, la de evaluar la
situación con dificultad, mudó su lugar para situarse en la cara de Cosme, pero
duró poco, rápidamente movió su brazo y le dio una bofetada al chico, su cabeza
cedió hacia un lado y en su lugar quedó una bola de humo. El tren se estaba
deteniendo y ambos se miraban fríamente. Cuando se abrieron las puertas, el
fumador decidió bajarse. Cosme sonrió como siempre sonreía el padre de Fernando
cuando podía controlar a la perfección la situación que tenía delante, era ese
mismo tipo de satisfacción.
Iris conoció a Bernat cuando Joan y Aida se
lo presentaron. Era una noche que fueron a beber. Ellos querían hacer de
celestinos para él, o eso creyó Iris, puesto que lo que a ella le dijeron, de
que si no podía estar siempre sola y tampoco interesarse por nadie siempre que
salían. Incluso llegaron a decirle que tenían que quedarse con ella y renunciar
a la propia diversión porque sabían que de lo contrario ella se quedaría sola y
aburrida en el interior de una discoteca – una imagen que nunca es positiva,
como cualquiera sabe – y que eso era negativo para todos, que podían acabar
cogiéndole tirria. Iris nunca creyó que fuera en serio todo esto, ni mucho
menos, más que nada porque muchas veces la habían abandonado para irse con sus
conquistas de la noche, por lo que todo el discurso no era más que una sarta de
falacias poco elaboradas. En cualquier caso, hicieron que se conocieran. En
principio ambos hablaban poco, ella por no tener un interés especial en él y él
por timidez y dudas. Él tenía dudas al respecto de todo en aquel momento, poco
tiempo después se lo explicó a ella. Le dijo que hacía poco había intentado
vivir una aventura, servir de ayuda para unos amigos suyos. Una vez ella
escuchó la historia, decidió adaptarla a un cuento corto que publicó en su blog,
pero todo eso pasó más adelante. Sin embargo, podemos decir que a él no le
pareció mal, puesto que también tenía un blog. Y de hecho, fue con este asunto,
los blogs, con el que rompieron el hielo y se pusieron a hablar, rápidamente
llegaron a la literatura: él admiraba a Bulgakov, ella a Kerouac. Aquella noche
Joan y Aida hablaron poco, al principio buscaron sacar alguna conversación
intentando encontrar otros amigos comunes, pero no los hubo, cosa que tampoco
les permitió explicar la historia que había llevado a Bernat hasta allí.
Probablemente esto haya sido algo bueno, ya que Bernat no se habría sentido
para nada cómodo hablando sobre ese tema delante de desconocidos, le hubiera
resultado ofensivo. Ella fue la que consiguió, sin proponérselo, conseguir algo
de qué hablar con él, fue precisamente cuando los dos ineptos celestinos
desaparecieron (quizá esperando que la naturaleza triunfara donde ellos habían
fracasado) que ella empezó, sin venir para nada a cuento, explicando que había
conocido a ambos gracias a su blog, porque ambos leían sus escritos. Esto llamó
la atención de Bernat: “¿Tienes un blog?”, en efecto, tenía uno, es más, sin
querer faltarle a él el respeto, porque no lo conocía, tenía pensado quedarse
en su casa aquella noche y acabar un texto que había empezado esa misma tarde.
¿Que qué escribía en el blog? Bueno, a veces historias inventadas, cosas que se
le ocurrían, otras veces tiraba más hacia la reflexión sobre temas varios, y
muchas veces acababa dándole forma literaria a pequeñas anécdotas que vivía o
sufría, este era precisamente el caso en esta ocasión, pero no pudo acabarlo.
“… y cuando volvía en el tren, un personaje bastante curioso me cedió su
asiento, todo un caballero, ¿sabes? Y luego un tonto quería encenderse un
cigarro y le dijo, muy solemne él, ‘aquí no te lo enciendas’ y se miraron
fijamente mucho rato. Entonces el tío se encendió el cigarrillo y el otro se
quedó con cara de circunstancia unos segundos, y luego le arreó una bofetada
muy cómica. Entonces el tren llegó a una estación y el del cigarro se bajó con
el ego herido”. Una bonita historia, calificó él, pero corta, ¿cómo podía ser
que no la hubiera acabado aún? Ella dijo que realmente no tenía pensado
escribirla, pero que cuando dejaba la mente en blanco volvía a ella este
episodio, y se puso a escribirlo hacía un par de horas. Bernat dedujo que Iris
trabajaba mucho sus escritos antes de publicarlos. ¿Qué escribía él en su blog?
Bueno, buscaba fragmentos de libros que le interesaran e intentaba sacarlos de
su contexto para darles una nueva dimensión, más universal. No, no se le
ocurrió ningún ejemplo en ese momento. Lo cierto es que tenía miedo, o puede
que sólo vergüenza, de explicar la última entrada, fresca, del blog.
Ella escribió:
Xavi estaba sentado en un muro. Justo
enfrente, al otro lado de la calle, estaba el portal de su casa. Bernat lo
encontró cabizbajo.
Después de saludarse, le preguntó si le
pasaba algo.
— Es que te veo apagado – se explicó.
— Realmente no sé por qué estoy aquí, he
quedado con Jaume y llego tarde ya.
— ¿Qué te pasa? Dime.
— Yolanda me ha dejado.
— ¿Y eso por qué?
— No me ha dicho nada claro, la verdad.
— ¿Y entonces?
Hubo una pausa, Xavi no sabía responder,
estaba claro que el futuro se presentaba como una incógnita angustiante.
Bernat prometió ayudar, tenía una cierta
ansia de vivir una aventura y esta parecía la oportunidad concreta perfecta. Xavi
no lo detuvo, de algún modo, aunque con un aura de pesimismo, había depositado
en él sus esperanzas de una solución.
El encuentro entre los amigos fue breve,
cada uno partió en dirección opuesta al otro.
Xavi fue a ver a Jaume, entró en su casa y
luego en su habitación, donde moraba la mayor parte del tiempo, frente a la
pantalla de su ordenador.
A toda palabra de Xavi, el otro respondía
con monosílabos o incluso con gruñidos. No le gustaba hablar demasiado. Tampoco
pareció sorprenderse de la ruptura tal cual se lo contó Xavi.
— Y me dijo algo así como que debíamos
seguir por nuestra propia cuenta porque ella no sentía por mí la dependencia
que yo sentía por ella. Dependencia. Es decir, que estaba conmigo pero no
quería cuidar de mí como yo lo hacía con ella. Aunque realmente creo que lo que
buscaba era que yo la agobiara menos. Pero me lo podría haber dicho, habría
cambiado, no habría estado tan encima de ella si eso era lo que quería… — Xavi
hablaba empleando un pasado absolutamente inamovible sin darse cuenta.
Luego de desahogarse, se fue.
Poco rato después llegó Bernat a casa de
Jaume, entró en la habitación y se sentó en la cama.
— Vengo de casa de Yolanda, he estado ahí
para hablar con ella, pero nadie me ha abierto. Ella y Xavi lo han dejado, y
quería hablar con ella y saber qué motivos tenía, le dije a Xavi que intentaría
ayudar. Bueno, pero que no he podido hablar con ella, no tendrás tú su número…
— No – El monosílabo quedó en el aire
suspendido, hubo una pausa antes de que Bernat volviera a intentar hablar, le
invadía un gran entusiasmo, no se sentía vencido en absoluto por el primer
obstáculo que se había encontrado.
— ¿Y tú por qué crees que lo han dejado?
Puede que no fuera aún una relación formalizada, pero llevaban ya un tiempo.
Ella antes no duraba tanto con los tíos, y además Xavi se mostraba bastante
optimista cuando se le preguntaba al respecto.
Jaume no dijo nada.
— ¿Me ayudarás a contactar con ella? Le dije
a Xavi que lo ayudaría o que lo intentaría al menos. ¿Tienes el número de su
amiga… Mónica?
— No.
— Antes hablabas bastante con ella, ¿no?
— No tengo su número, no sé, hablábamos más,
pero no le intereso demasiado.
Una vez habían ido a casa de Mónica. Bernat
decidió ir directamente, sin llamar. Era poco probable que tuviera tan poca
suerte que no la encontrara, eso ya le había
pasado hoy.
Y sí, ella estaba. Le abrió y lo invitó a
pasar.
— Sí que tiene mi número, creo… pero no te
lo habrá dado porque le caigo mal – dijo Mónica al respecto de Jaume. Luego
habló de la ruptura: — No sé realmente por qué lo habrá dejado, pero tampoco
quiero meterme, ella es así de impulsiva a veces, muchas veces.
— ¿Me podrías dar su número a ver si puedo
hablar con ella?
— Claro, pero ahora está en su casa, he
hablado con ella hace nada.
— Vale, perfecto. ¡Muchas gracias!
Bernat se puso en marcha hacia casa de
Yolanda. Ella estaba en su desordenada habitación, en pijama aún. No quiso
levantarse cuando picaron antes. Pero luego lo hizo para desayunar. Antes de
que Bernat llegara, sonó el teléfono, era Mónica.
— ¿Viene Bernat a que le explique por qué lo
he dejado con Xavi? No pienso decirle nada. No. Tampoco me convencerá de nada,
Xavi es todo tuyo, en serio.
“Y luego, al día siguiente, me encontré con
Aida y con Joan. Hablamos un rato sobre ello porque yo estaba maldiciendo el
día en que quise vivir una aventura de bondad. Y claro, con lo que ellos
conocen a todos esos, entendí mejor lo que había pasado: nadie quería estar con
el otro. Xavi quería a Yolanda, pero la muy zorra quería añadir a Jaume a su
colección personal; Jaume estaba enamorado en secreto de Mónica (de ahí su
supuesta hostilidad, una estúpida pose); pero a ella le interesaba Xavi por su
bondad y su efusividad. Un puto problema sin solución”, le explicaba Bernat a
Iris en el parque, con ese tono de voz que se suele usar cuando se intenta
restarle importancia a un tema que nos ha incordiado sobremanera, una especie
de ironía que denota nuestra real frustración. A la sombra de un árbol estaban.
Esperaban a Aida y a Joan, habían quedado para pasar la tarde allí.
No tardaron demasiado en llegar, o quizá sí,
pero el rato fue fácil de pasar, Iris y Bernat conseguían mantener buenas
conversaciones sin demasiado esfuerzo. De hecho, ella empezó a observar que a
él le costaba bastante poco explicar sus ideas una vez la barrera de la
confianza había sido superada. Bernat hablaba con bastante soltura sobre la
sociedad del momento, tenía una visión ciertamente pesimista, porque parecía
sentirse obligado a formar parte de algo que no le hacía gracia. En sus propias
palabras, no se puede huir de la
sociedad, y es horrible pensar que no sólo tenemos que vivir con todas las
atrocidades que cometemos a diario, sino que toda la crueldad inspira en parte
nuestra forma de ver el mundo. Un optimista consumado, sin duda. Iris pensó
que era una especie de pensador utópico frustrado, pero le pareció interesante
las relaciones que establecía entre cualquier hecho y nuestro propio
comportamiento, como por ejemplo la paupérrima capacidad de concentración que ella
tenía, probablemente a causa de nunca jamás centrarse en ninguna actividad y
pasar gran parte del día leyendo demasiadas páginas web a la vez mientras hacía
trabajos para la universidad o mientras hablaba con amigos que no vería hasta
el fin de semana. Incluso jugaba a la vez que estudiaba y escribía a la vez que
se documentaba para trabajos de investigación y cocinaba.
Cuando llegaron los otros, se pusieron a
jugar a cartas encima de una manta, como si se tratara de un picnic idílico,
pero la manta no tenía cuadros rojos y blancos (ni tampoco había una cesta de
mimbre con bocadillos) sino que era una vieja cortina granate bastante
desteñida y con diversos agujeros producto de cigarrillos en manos poco
cuidadosas. En un momento, cuando a Iris le quedaba bien poco para ganar la
partida, se acercó una persona al grupo. Era un chico que quería fuego. Iris se
lo dio y él agradeció sentidamente el préstamo, dijo que ya casi no quedaba
gente que prestara cosas con lo caro que estaba todo. Cuando habló así de
solemne Iris lo miró y reconoció entonces al chico que le había dejado el
asiento en el tren. No estaba segura de si él la había reconocido a ella o no,
pero ella no lo había olvidado. Bueno, tampoco había pasado tanto tiempo, una
semana a lo sumo. Cosme, que así se llamaba, sonrió, pero tampoco hizo ningún
signo de reconocimiento. Más adelante Iris supo que sí la había reconocido y
que, pese a que había sido casualidad el que se encontraran por segunda vez
(una casualidad más casual que la primera, puesto que la probabilidad era
menor), él veía aquel momento como una especie de señal de un dios burlón, pero
que nadie no podía dejar de aprovechar del todo. Pero en el momento nadie de
los presentes podría haber dicho que se había aprovechado la ocasión para que
algo extraordinario sucediera, porque no sucedió nada más que el viaje de un mechero
de unas manos a otras y de vuelta a las primeras. El desconocido se fue e Iris
ganó aquella partida.
La noche en la que Iris y Bernat hicieron el
amor fue la del viernes, es decir, dos días después de haber visto por segunda
vez a Cosme de casualidad, o por designio de un dios burlón, según él. La noche
del viernes los dos quedaron a solas para tomar algo, y mientras estaban allí,
Bernat le explicaba una suerte de idea utópica que podría solucionar muchos
problemas: “Imagínatelo, si todos pudieran rellenar una encuesta o un
cuestionario y explayarse al máximo para describir su propia alma. Y sí, claro
que hay gente que no sabe escribir muy bien o que no es capaz de encontrar
palabras para tal representación, pero esas personas también harían un fiel retrato
de su alma escribiendo lo que pudieran escribir. Y todo el mundo hace eso, me
refiero a que habrían preguntas como: ‘Describe brevemente tres cosas que te
den placer y cómo sientes ese placer’, lo mismo para cosas molestas, claro; o
‘¿Cómo resumirías tus complejidades para que tu pareja te comprendiera?’; o
‘¿Cómo sería para ti escribir un diario?’. Ese tipo de cosas. Entonces luego
los resultados se publicarían online con
un número como signo de identificación. Y luego todos podrían ponerse en contacto
con sus almas gemelas, todo el mundo sería más feliz.” Ella le dijo que eso ya
existía, pero que no funcionaba así, quizá por desgracia o quizá porque cada
vez más gente no creía en el amor. Pero que en cualquier caso esperaba que él
jamás tuviera que hacerse una cuenta en badoo
o meetic. También hubo tiempo
para que le explicara un sueño que tuvo. En un principio ella pensó que
trataría sobre ella, pero pronto se dio cuenta que no. Él empezó diciendo que
se trataba de lo típico que le pasaba siempre con los sueños, una cosa que lo
angustia mientras duerme y luego lo lleva consigo todo el día, o alguien se lo
recuerda, incluso algo, un objeto inanimado le recuerda esa perturbación y
entonces es cuando sabe que todo el día está perdido. El sueño en sí trataba
sobre la impotencia, él estaba en un sofá y miraba hacia arriba. Allí arriba
había una hormiga, como las que él tenía (y tiene, de hecho). Él no podía
moverse del sofá, y entonces veía imposible el coger a la hormiga y volverla al
nido. Entonces aparecía otra hormiga y los problemas se duplicaban. ¿Pasaba
algo luego? No, lo cierto es que la repetición de ese episodio era lo único que
había soñado. Pero fue mucho más tarde, cuando no era ya la noche del viernes
sino la madrugada del sábado, mientras ambos estaban tumbados en la cama, él
durmiendo y ella intentándolo (lo cierto es que hacía bastante calor, un efecto
normal cuando, en septiembre, dos personas comparten una cama diseñada para una
sola), fue entonces cuando ella se dio cuenta de que no podía estar más con él.
Y tenía mucho que ver con lo que antes había dicho, porque ella no creía que
aquella ‘encuesta para las almas’ fuera ningún tipo de solución para el mundo,
no habría descubrimientos sobre la pareja más que una vez en la vida (bueno,
era una simplificación, quizá sí que hubieran más descubrimientos, pero estos
serían, en cualquier caso, muchos menos que en la vida real). Ni tampoco habría
sensación de progreso, ni lugar para la equivocación, ni emoción en general,
todo el mundo seguiría su propio beneficio, su conveniencia y jamás se guiaría
por otros instintos. Además, tampoco veía claro eso de poder retratar la propia
alma de uno con palabras, ella lo sabía bien, escribía casi a diario y no
conseguía jamás dar una imagen completa de sí misma. Pensó en escribir algo así
en su blog, pero no lo hizo, frenó el impulso tal cual le vino, o quizá su
razón se había dado cuenta que no disponía aún de las palabras adecuadas, y se
quedó allí dormida. Al cabo de un rato le dijo a Bernat que no debían verse
más.
Leopold Doom apareció como un aparecido,
salió de detrás de un edificio esquinero, nada más salir Cosme del parque. Se
saludaron nada más verse y Doom comenzó a caminar al lado de Cosme, manteniendo
firmemente su rápido paso. Llevaba un puro pequeño entre los dientes y lo
paseaba de punta a punta de su boca, rozando contra su bigote, como si la función
de fumar fuera secundaria en comparación con el placer de mover un cilindro de
tabaco en la propia boca de uno.
“Es guapa”, le dijo a Cosme, que creía que
el destino lo había hecho volver a verla.
“No estoy seguro de que haya sido así”,
aventuró Doom, “pero has desaprovechado la casualidad, igual que la otra vez”.
“Tengo un presentimiento sobre la tercera
vez, porque algo más pasará y yo lo orquestaré”, contestó Cosme con entusiasmo.
“No te hagas el duro ahora, sé que tiemblas
como un flan, no eres como yo, ni lo intentes”, dijo Leopold Doom.
—
Me gustaría que esa sinfonía se ejecutase una vez ante un público compuesto por
los más renombrados especialistas, primero con los arreglos de las últimas dos
semanas y después sin ellos. Garantizo que nadie sabría diferenciar una versión
de la otra. Quiero decir que es sin duda admirable que el motivo que en la
segunda frase toca el violín lo retome en la última frase la flauta. Todo está elaborado,
pensado, sentido, nada se deja librado a
la casualidad de nuestra memoria, nuestra capacidad de concentración, de modo
que ni el oyente más fanáticamente atento es capaz de abarcar de esa sinfonía más
que una centésima parte, y seguro que aquella que menos le importaba a Mahler.
Su
idea, tan evidentemente correcta, le alegraba, mientras yo iba poniéndome cada
vez más triste: si mi lector se salta una frase de mi novela, no la entenderá,
y sin embargo, ¿dónde hay en el mundo un lector que no se salte ni un solo
renglón? ¿No soy yo mismo el mayor saltador de renglones y páginas?, decía
el libro que Iris tenía en sus manos el día que aprendió el nombre de Cosme. Al
leer ese fragmento un enorme pavor la invadió: mientras sus ojos aún se
deslizaban hasta el final del capítulo, su pensamiento daba vueltas en círculo
sobre la idea de volver a empezar la novela o comenzar a leer cada página desde
la anterior hasta la primera, en ese invertido orden. Como tenía la cabeza en
otra parte, que era la misma parte pero extirpada ya de su literario contexto,
no pudo entender correctamente eso que seguía al fragmento, donde, por cierto,
se le quitaba bastante miga al asunto – un problema insalvable, sin duda – y
sólo dejó de lado la preocupación cuando sintió un impulso súbito que le pedía
girarse hacia su izquierda. Miró hacia allí y vio lo que ya había antes de que
mirara: un camino bordeado por césped mal cortado, unos árboles plantados con
geometría, algunas personas sentadas en bancos, unos niños jugando a pelota. De
detrás de un árbol apareció otra figura, no como si estuviera escondida detrás
del mismo árbol sino como si pasara por detrás de él, sólo que siendo invisible
antes de atravesar ese punto en concreto. Iris se sorprendió, y más aún cuando
reconoció en él a aquel chico, el del fuego, el del tren, el del asiento, el de
la bofetada. Venía caminando hacia ella y a medida que se acercaba disminuía su
velocidad, iba a decirle algo, de eso ella estaba segura, pero no atisbaba a
conocer el por qué, puesto que en dos ocasiones se habían visto sin que nada
pasara. La primera de ellas no le prestó atención más allá de cederle el
asiento y en la segunda no la había reconocido tan sólo. Bueno, de hecho sí,
pero la suposición de Iris era tan buena como la realidad en aquel estado de
ignorancia. ¿Quizá quería volver a pedirle algo? No estaba fumando en esta
ocasión y ella no fumaba, sólo llevaba mechero.
Finalmente, lo que le dijo fue extraño,
hablaba como un profeta: “Sabía que te volvería a ver”. Ella dijo que también
le sonaba su cara. Mentía, claro, sabía perfectamente quién era él. Y siguió
hablando en tono importante sobre una especie de presentimiento, una cosa que se respiraba en el ambiente
aquel otro día allí mismo en ese parque, supo de forma inocente y subconsciente
que volvería a ver a esa chica que ahora tenía delante porque ella había, en
cierta forma, creado un pensamiento en base a él y, que de una manera oculta a
los sentidos, él consiguió notarlo. Esto le causó risa a ella, “¿Cómo si me
hubiera gustado el primer desconocido que me pasara por delante?” Más o menos,
pero menos explícito, un sentimiento en parte reprimido por el entorno – Cosme
intuía que entre los amigos de ella había alguien que era algo más que eso – y
en parte ignorado por inercia al ser no un gusto sino un interés y no una
atracción sino una curiosidad. Pero que él pudo percibirlo y probablemente
alguien más de los presentes también.
Puso después un tono más solemne para
hablar: “No admitirás algo así puesto que yo he llegado a estas conclusiones
haciendo uso de los llamados malos
pensamientos, es decir, pensando mal”. Pero ella le dijo que se equivocaba,
que sí lo admitía, que lo recordaba y que probablemente a Bernat, el chico con
el que estaba, le hubiera parecido un poco extraña aquella situación porque
tanto él —Cosme aprovechó el ‘tú’ para decir su nombre — como ella se habían
mirado más de lo habitual para una situación así, pero que sin embargo ella
creyó que él no la había reconocido — ¿había dicho él en algún momento que se
habían visto en dos ocasiones? — y también le dijo que le explicara por qué
había tenido que pensar mal. Disfrutaba de la conversación con ese petulante
tan sofisticado, era entretenido.
“¡Genial, eres digna de admiración! Verás, Cuando
uno siente una intuición sobre los deseos de otros, ¿sabes? Quiero decir que
pensamos que los otros quieren algo que nos parece en alguna manera reprobable,
lo asociamos a ‘pensar mal’. Sin embargo, en algunas ocasiones, quizá en más de
las que acaban reconociéndose como tales, el ‘malpensador’ tenía razón al pensar
de esa manera”, Cosme hablaba entusiasmado, era evidente que este era un tema
que le interesaba, siguió “La cuestión clave, creo yo, es que en el momento en
que tenemos esa capacidad de sentir lo que otros quieren en lo más profundo de
sus almas, es como si fuéramos omniscientes, como unos pequeños dioses. Pero la
cuestión que nos separa de la verdadera divinidad es que en el momento en que
somos como los dioses, no somos conscientes de ello, es sólo un presentimiento.
Y luego cuando lo comprobamos, el momento de divinidad ha acabado y ya somos
simples humanos otra vez, recordando con orgullo aquel momento o lamentándose
de ya no estar en posesión de la verdad.”
“Es curioso eso que dices, porque podría
reducirse a una frase que dice mucho menos que ello: ‘el tiempo nos priva de la
inmortalidad’. Se queda bastante corta, pero ahí está también, ¿no crees?” Él
asintió, y vio que el término inmortalidad se repetía en la portada del libro
que ella mantenía en las manos. Hablaron de Kundera, ambos habían leído La insoportable levedad del ser.
Estuvieron de acuerdo en que era un gran libro. Ella le explicó que en ese que
leía ahora, el autor decía que en aquel entonces, en el entonces en que
escribió La insoportable levedad del ser,
se equivocó con el título, puesto que le sentaría mejor a esa obra que escribía
ahora, a la que finalmente tuvo que llamar La
inmortalidad.
Se vieron otra vez más y otra incluso.
En esta última ocasión Iris se mostró más
participativa, le habló sin muchos tapujos de Bernat y lo que les había pasado.
Un desengaño que Cosme calificó de natural: “Bernat es lo contrario a un humano
con humanidad: él no desea de ninguna manera enfrentarse al mundo y conocer la
verdad de las cosas, lucha cada día contra su propia imagen porque cree que no
le representa hasta sus máximas entrañas. Es un cobarde, es alguien que eligió
no-elegir.” Iris contestó que no estaba de acuerdo en que hubiera elegido
no-elegir, sólo que sus elecciones eran tan drásticamente utópicas que parecían
ser no reales, es decir, no-ser. Cosme aceptó que quizá se hubiera excedido
diciendo eso de no-elegir, que eso lo debían reservar para aquellos que no
pensaban por sí mismos, los que Kant hubiera llamado menores de edad. “Además, él pretende que se le dé una respuesta a
eso que yace detrás de las imágenes de cada uno mediante una imagen. Es decir,
conseguir una imagen de la verdad para combatir la imagen que siempre es
mentira. Es absurdo, un imposible desde su planteamiento lógico”.
Todo esto Iris lo sabía ya, pero le hubiera
sido imposible verbalizarlo con tanta claridad, la elocuencia de Cosme era de
mucha ayuda para ella. Luego estuvieron en silencio un rato, Cosme propuso ver
una película, la primera opción fue Funny
Games, pero ella ya la había visto; “Podemos ver Cabin in the Woods, que es su sucesora espiritual”, sugirió Cosme.
Sin embargo, lo cierto es que sólo vieron los primeros minutos, la pararon para
fumar marihuana y no volvieron a reproducirla, a Iris se le había ocurrido una
idea:
“Aquello que me dijiste, sobre el contacto
con lo divino separado en el tiempo del conocimiento del mismo. Me hizo pensar
en una cosa. Yo no creo realmente en algún tipo de divinidad concreta…” Cosme
quiso interrumpirla para decirle que él tampoco, que de hecho, incluso los
dioses grecorromanos no siempre tuvieron forma humana y que en un principio
eran asociados con la fuerza de la naturaleza a la que representaban, por eso
Marte era capaz de estar en todos los sitios de la lid a la vez, no porque
fuera rápido como el viento, sino porque él era la fuerza de la batalla, él era
el espíritu bélico; pero sin embargo ella no le dejó, levantó una mano y alzó
un poco su tono de voz para indicarle sin realmente hacerlo que la dejara
acabar: “Y sí creo que este tipo de ‘contacto divino’ por conocer el alma de
otros es algún tipo de empatía intuitiva. Y esto me hace pensar que se basa en
factores psicológicos comunes a todos nosotros, la experiencia en situaciones
anteriores, nuestro egoísmo, y también la empatía que hayamos sentido
previamente por otras personas que nos recuerdan a las nuevas. Entonces puede
deducirse que cualquier persona tiene la capacidad para ‘pensar mal’. Y si es
así, todos estamos desnudos ante la intuición de algún otro, por mucho que nos
abriguemos en muchas formas y mentiras, en muchas imágenes. Las mentiras y las
evasiones, las evasivas o las indirectas nunca dejan de ser también la verdad
que ocultan”.
“La mentira siempre es verdad”, sentenció
Cosme. Y luego añadió que eso significaba también que en el fondo todos éramos
capaces de empatizar con nuestro lado más oscuro porque en todos nosotros
estaba presente. Es decir que todos estábamos en cierta forma predispuestos al
egoísmo. “Es como una curiosidad que he observado en nuestro comportamiento.
Supongamos que en este momento me suena mi teléfono móvil. Yo dejaría de hablar
contigo, sacaría el teléfono de mi bolsillo y me pondría a hablar con quien
quiera que fuera el inoportuno. Esto querría decir que yo, por empatía,
entiendo que él solicita hablar conmigo ahora, sin importar lo ocupado que yo
esté, y que si no le concedo eso que pide, se enfadará conmigo. A todos nos ha
pasado, enfadarnos porque no nos contestan o nos cuelgan. Sentimos un mínimo de
respeto hacia lo que también queremos que se nos respete a nosotros. Es una
concesión al egoísmo individual, algo que también caracteriza nuestra época más
que ninguna, es evidente que antes de la existencia del teléfono móvil, incluso
del fijo, nunca pensaríamos que las personas fueran tan egoístas como para no
respetar una conversación ya en marcha. En Japón ya está presente el siguiente
paso, siempre van por delante, probablemente porque su pasado fue borrado
contra su voluntad. La gente va con mascarillas por la calle para no contagiar
a otros con su enfermedad”.
Ironías de la vida, a él le sonó el
teléfono. Sonrieron ambos y él tuvo que contestar. Mientras hablaba,
exactamente en el instante en que él pronunciaba la palabra ‘ahora’, ella pensó
que él era una compañía extremadamente agradable, pero que, en el fondo, ella
sabía exactamente que lo que él quería era algo más que una amistad. Se puso
triste de pronto, porque eso no entraba en sus planes. Sabía que de prolongar
esta relación, él se sentiría peor y no quería demostrar ese tipo de egoísmo,
incluso sin saber si él sería capaz de hacer algo así como lo que ella iba a
hacer de encontrarse en esa misma situación. Tuvo que decirle esto mismo cuando
colgó, y luego se fue a su casa.
Era de noche e Iris había quedado con unas
compañeras de facultad en la playa. Había un concierto de La Patrulla Espacial.
En el momento en que Iris tocaba con sus pies la arena y pensaba “¡qué fría!”,
Fernando comenzó el intento de explicarle a Xavi una teoría sobre la realidad
que le parecía perfecta como alegoría:
“Todo lo que vemos, todo lo que hay en el
mundo, se extiende en tres dimensiones, ¿no? Bueno, imagínate que hay una cuarta
dimensión espacial que no podemos percibir. Como también hay animales que no
ven realmente en tres dimensiones, nosotros quizá seamos incapaces de ver en
cuatro. Y sin embargo, está ahí, esa otra ‘extensión’ de las cosas. ¿Me sigues?
Entonces en esa cuarta dimensión en la que todas las cosas se extienden, todos
nosotros y todo lo que hay tiene una ‘forma’ particular. Y esas formas también
se relacionan, encajan, chocan, se rascan, etcétera. Y eso es lo que ocasiona
todo lo que sí podemos percibir, como la sombra de lo que realmente está
pasando en esa otra dimensión desconocida que no es más que otra parte
infinitas veces más grande que la parte que podemos ver”.
Y en el momento en que acabó esta
explicación —sintiendo que Xavi no había podido realmente interiorizarla y que
toda la saliva utilizada no habría servido realmente para nada — vio por encima
del hombro de su amigo la cara de Iris. En ese momento era sólo ‘una chica’ y
no Iris, porque no la conocía. Pero no tardó mucho en acercarse. Se sentía
especialmente clarividente esa noche y podía hablar con soltura sin tener que
preparárselo con mucha antelación. Así que el tiempo nimio del recorrido de la
distancia que los separaba fue suficiente para pensar lo que le dijo, que,
además, era verdad.
“A veces, uno, bueno, tú, o yo, miramos a
algún desconocido, por la calle o donde sea y pensamos algo al respecto: ¡qué
gordo!, ¿dónde irá con esos pantalones?; o a veces lo comentamos con alguien y los
dos reímos, ¿entiendes? Una observación cualquiera sobre alguien. Lo curioso
está en que segundos después de ese comentario o pensamiento, esa persona
desconocida se gira y nos mira fijamente, como si nuestra observación hubiera
sido como un pequeño bicho que hubiera ido directo a su cuello a chupar sangre
o algo así”. Él era Fernando y estaba encantado de conocerla a ella, Iris. Ella
supo reconocer la situación que él narraba, pues no le había pasado sólo hace
un instante con él, sino también con Cosme hacía unas dos semanas.
Ese día se besaron, pero fue producto del
alcohol y no de verdaderas voluntades. Sin embargo, les sirvió para seguir
viéndose con más formalidad. Más de una vez, en estas salidas, hablaron sobre
tetradimensionalidad.
Iris se sentía muy a gusto con Fernando, y
no fue difícil el paso a una relación con él. El mismo día que eso pasó, antes ella
había observado una cuestión sobre la interpretación de las imágenes. Dibujó en
un papel una línea. Esa línea, dijo, simbolizaba la línea de la vida de
cualquiera. Un punto cualquiera de esta línea de tiempo se correspondería con
la percepción de una imagen — o conjunto de imágenes — en concreto, como una película, un libro o una pintura.
“Todo el mundo sabe que una imagen, bueno,
es decir, cualquier percepción, tiene un fondo y una forma”, siguió ella
mientras dibujaba dos líneas a partir de ese punto.

“Este análisis se extiende
ya en dos dimensiones, pero incluso podemos ir más allá, es más, debemos ir más
allá. Porque si no lo hiciéramos, pensaríamos que una correlación entre el
fondo y la forma sería suficiente para dotar de verdad a las imágenes que
creamos, y eso es mentira, hay muchas películas que tienen una gran relación
fondo-forma y no son más que mentiras de cabo a rabo. Así que tenemos que
extendernos hacia una tercera dimensión, el fondo y la forma del fondo y el
fondo y la forma de la forma”. Dibujó en el papel dos bifurcaciones a partir de
los cabos que había ya bautizado como ‘Fondo’ y ‘Forma’. “Entonces podemos ver
que el fondo, el discurso de la obra, tiene una estructura formal y un fondo
que es lo que realmente quiere decir, privado de la forma en que lo dice (que
no es la forma del todo que percibimos necesariamente). Y también la forma del
todo tiene una forma o estructura desnuda y un fondo o razón de ser de esa
manera y no de otra. De esta manera tenemos una visión más completa, un
análisis en profundidad de, por ejemplo, una obra de arte. Pero lo bueno es lo
que está más allá. Porque la forma del fondo, por ejemplo, es decir, la forma
que ha adoptado un discurso, probablemente también tenga un fondo y una forma,
y eso mismo tendrá cada una de las partes en que ya hemos dividido el análisis”
(volvió a dibujar bifurcaciones en las ya bifurcadas partes) “Pero esta parte
nos es muy difícil de percibir, de hecho, en las películas que sentimos más
cercanas a nosotros, notamos que hay algún tipo de conexión especial que no
puede identificarse, algo que inunda nuestras almas. Ese algo es la conexión
con alguno de estos ocho elementos, sea el que sea. Pero ni siquiera con un
análisis profundo podríamos determinarlos todos, sólo empezar a atisbar cómo
sería alguno, a lo sumo, dos.”

Fernando entendió lo que ella quería decir.
La quiso mucho por ello, puesto que le había dado a la teoría de las cuatro
dimensiones una, valga la redundancia, dimensión de veracidad que él jamás
habría sido capaz de conseguir. Sin embargo, esto le inspiró a explicarle algo
que él también había observado. Para ello, la llevó delante del ordenador y
empezó a enseñarle fotografías. Eran imágenes hechas con el microscopio
electrónico, luego fotografías de detalles de ojos y luego fotografías de
patrones en el hielo. Mientras se las enseñaba, Fernando explicaba que dentro
del caos que reina el mundo, cuando se prestaba muchísima atención, podía
atisbarse una cierta mano creadora, en el sentido de que en el caos natural
había una belleza demasiado pura como para no haber estado buscada. Luego dijo
que esta idea no le parecía algo bueno, y que haberlo notado o descubierto lo
desanimaba.



“¿Tenerlo siempre en cuenta? ¿Por qué? Es la
idea más absurda que he oído, es como ser de Nueva York e irse a un pueblo a
sentarse en la plaza y ver pasar las gentes y las horas al mismo ritmo”. Cuando
Iris dijo eso y se fue, se dio cuenta que, aunque el enfado momentáneo se le
pasaría rápidamente, nada volvería a ser igual. Algo había muerto a causa de la
decepción que le había ocasionado esa idea. Un sofismo que convertía todo
estímulo en diminuto o inexistente, una atrocidad contra la cultura humana. En
el fondo del alma, eso sí que no podría perdonárselo nunca. Fernando se
arrepintió en seguida de haberle explicado tal teoría, pese a haberle advertido
que no era suya, sino de su padre, y que ya hacía años que la había oído y
superado. Quizá superado no es la palabra porque lo que su mente había hecho
era trabajar en ella hasta sepultarla, pero sin embargo siempre resurgía y
Fernando volvía a ella en repetidas ocasiones. De no ser una idea boomerang
sobre la cual orbitaran muchas veces las demás que él tenía, jamás habrían
hablado de ella en aquel momento.
Fernando tuvo esa noche un sueño bastante
angustiante:
Ante un desconocido estaba.
No era exactamente un desconocido.
Más bien era todos sus conocidos.
Cualidades de uno, de otro.
A veces Xavi, a veces Jaume, a veces Pablo.
El múltiple dijo que algo terrible sucedió
allí.
Algo terrible. ¿Qué?
Él estaba, después, solo en una habitación
sin muebles ni objetos a la vista.
Un suelo polvoriento de tablones finos y
largos.
Sus líneas paralelas se tocaban en el
infinito.
Una ventana en una pared. Allí estaba ella,
la mujer del vestido rojo. De espaldas,
apoyada en el alféizar.
La ventana sólo tiene una hoja.
Allí no hay nadie, nunca hubo nadie.
En el alféizar resta sólo una ligera tela
escarlata.
Él se acerca.
Algo terrible.
Paso a paso. Se acerca.
Algo terrible allí.
¿Qué?
Al mirar poder asomarse, lo ve.
El monstruo era él.
10:15, suena una alarma, es una canción de
La Patrulla Espacial: Días futuros.
Iris está en un bar, Fernando se levanta
para pedir unas copas. En la mesa está sentada Aida, Joan, Xavi y Gabriela.
Iris gira su cabeza y observa quién hay en las demás mesas. Aida pregunta la
hora, “las diez y cuarto”, responde ella. En otra mesa hay un chico que no deja
de mirar a Iris, la tiene preocupada, ¿lo conoce? En un momento este chico se
acerca y se sienta en el sitio de Fernando. Dice: “No es necesario para el
público saber si estoy bromeando o no, como tampoco es necesario para mí mismo
saberlo”. Iris sonríe.
10:15, suena Días futuros.
Iris pregunta la hora a Aida, se aburre.
Fernando debería ir a traerle una copa, pero ha dicho que no tiene dinero, por
lo que ahora ambos tienen sed.
10:15, Días
futuros.
Iris mira la hora en su teléfono móvil, se
aburre. Mira a la otra mesa, donde estaba el chico, pero no hay nadie allí.
10:15,
Días futuros.
Iris espera ansiosa que el chico la
reconozca, pero no lo hace, se levantan y se van sin decirle a ella nada.
10:15, Días
futuros.
Iris, en el bar, se levanta justo después
que Fernando y va a la mesa del chico que no para de mirarla. Le pregunta la
hora y poco después está sentada a su lado y bebiendo.
10:15, Días
futuros.
Iris apaga la alarma y se levanta. No se
encuentra cómoda con sí misma y de hecho ni siquiera se explica cómo es que
está durmiendo en casa de Fernando y no en la suya —o peor aún, en la de otra
persona—, la luz entra por la ventana y más aún por el ventanal de la sala de
estar. Iris no ve a Fernando por ninguna parte, intuye que está en el lavabo
cuando intenta abrir la puerta y no lo consigue. No hay nadie más en la casa.
“Lamento mucho lo que pasó, no me siento
nada orgullosa. De hecho, no sé cómo pudo pasar. Pero algo en mí me impulsó a
ello. Supongo que todo cambió en algún momento. No conseguía hacerme a la idea
del todo y tuve que buscar una forma de escapar. Siento que haya tenido que
pasar todo esto, pero de alguna forma tenía que acabarse. He tenido que
herirte, pero ha sido una herida menos profunda de esta manera que si
hubiéramos continuado hasta un desengaño total por mi parte, así al menos
puedes tener la conciencia más tranquila, toda la culpa del acto ha sido mía,
he escogido hacer daño, algo que es normal, porque siempre que escojo parece
ser esa la consecuencia, pero no puedo hacerle nada. Lo mejor será que no nos
volvamos a ver. Ahora debo irme”. Así, sin siquiera poder pasar al baño.
Realmente la ayudó mucho no tener que verle la cara, igual que el hecho de que
no hubiera réplica. A medida que se iba, bajando las escaleras pues no había
ascensor, su corazón pinchaba en lo más hondo cada vez más. Pensó que se le
pasaría.
Lo cierto es que Fernando no pudo escuchar
lo que ella dijo. Decir que no estaba detrás de esa puerta del lavabo sería ser
impreciso, pero también lo sería el decir que estaba allí. Unas horas antes,
alrededor de las 8:50, se metió en el baño con una vieja radio. Llenó la bañera
y se metió, luego estiró del aparato para que cayera al agua. Iris no notó que
no había luz en la casa, el sol lo iluminaba todo maravillosamente. Aquel día
habrían cumplido 7 meses de relación.