martes, 30 de octubre de 2012

El caballo de Troya de McLuhan




Cuando el señor Zoltán Huszárik exhibía en algún sitio y de alguna forma por mí desconocidos suElégia, Marshall McLuhan se volvía famoso por hablar de los medios como extensiones de nuestro cuerpo en ese pseudouniverso paralelo. Y sí, McLuhan era, en parte, un gran visionario, pero también una persona demasiado optimista.
McLuhan nos predecía grosso modo el variopinto universo lleno de constelaciones comunicativas y subjetivas en el que hoy nos encontramos. Evidentemente la práctica se desarrolla en un entorno bastante más mugriento que la teoría y la supuesta horizontalidad a la que debíamos volver, al predominio de la fugacidad y el espíritu altruista de la oralidad que acompañaban esta nueva era de infinita interconexión individual, la Global Village.
Pero poco importa realmente que no se cumpla, puesto que tampoco se cumplía cuando él lo enunció y un magiar con bastante buen ojo se acercaba al problema oculto tras la ilusión de progreso infinito que en aquel entonces era mucho más fuerte que hoy en día. Probablemente en la ambición inicial del director no aparecía McLuhan sino una sencilla reivindicación de la parte de natura que el humano va dejando escapar en favor de la cultura. De la destrucción que el progreso, el supuesto crecimiento, la mejora generalizada y categórica del bienestar, necesita. Una idea básica en regímenes comunistas sobre todo en los años 60, puesto que la corrupción interna de los propios ideales había eliminado la verdadera esencia altruista-racional que movía el espíritu socialista y la en la memoria cercana muerte de Iósif daba un poco de  coraje a los más críticos pero no tan valientes. En otras palabras, el progreso deshumanizado de las repúblicas comunistas había dejado de lado totalmente el sentimiento de hermandad que relacionaba la especie humana entre sí y con el resto del entorno, el principio máximo de utilidad (interconexiones infinitas). Específicamente: el principio de vida, tener sentido ytener servicio.
En el fondo, tampoco estábamos tan lejos de McLuhan, ¿no? La aldea global, horizontal y humanitaria, el entorno perfecto para el progreso de la humanidad en base a la comunicación. El ambiente de la constante asamblea global. El producto tecnológico (la extensión de nuestros sentidos) de más importancia y de mayor utilidad. El triunfo máximo de la razón y sus aplicaciones prácticas. La creación de un espacio donde la cultura siempre se cuestiona, modifica y evoluciona como el ente vivo que realmente es.
Pero no lo es. Ni la cultura es un ente, ni se compone sólo de argumentaciones e ideas. La aceptación de esta Aldea Global no es más que volver a un supuesto primitivismo horizontal donde negamos el elemento caudal que caracterizaba la prehistoria: el peso de la natura por encima de la cultura. Para entender este sacrificio, vemos un sacrificio.
Hoy día, nuestros cuerpos se desintegran en cajas o en el aire, pero no junto a nuestra empatía natural. He ahí la gran importancia de este film, igual de visionario que las teorías del comunicólogo, incluso más por acceder de forma directa a ese vacío que siempre parece camuflar de forma distinta el racionalismo egoísta. Saludos a Ayn Rand.

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