sobre todo lo que pasa por mi cabeza.
Las 300, en el fondo, hablarán de lo mismo.
Su conexión, el porqué de esta, es imposible
de encontrar.
Sería ser capaz de definirme a mí mismo.
No sé qué significa ser adulto, no sé cuándo
una persona, un alma, se vuelve madura. ¿Se vuelve madura?
La razón por la que escribo es, como siempre,
porque mis ojos se niegan a cerrarse.
No hace falta un colchón para ello.
El puente por debajo, el parque aislado, el
cartón y el cajero automático no son más que imágenes que evocar, no era esa mi
intención tampoco.
Somos pequeñoburgueses, no lo olvidemos.
(Eso quiere decir que tanto izquierdas como
derechas nos quitarán, en el fondo ya lo sabíamos).
Evocar imágenes es peligroso: no sé si la
pena de ver a tanta gente rebuscar en contenedores de basura a diario nace en el instante de verlo o sólo el recuerdo, la imagen de la memoria, es el artífice de mi
pena.
Estamos solos. Estaremos solos. Vivimos tan
dentro de la imagen que no conocemos términos medios. Todo es un símbolo o nada
lo es y caemos en la opacidad.
Somos en tanto que creemos comprender o bien
somos en tanto que no nos planteamos conocer. Nadie es ya per se.
Los niños del final de Mysterious object at noon miran a cámara (¿habría algo más estúpido
que no hacerlo?) y nos traen a la mente la idea de que quizá si parásemos hoy
todo y nos bajásemos del mundo, los niños nos podrían dar una nueva mitología y
salvarnos. Ya les hemos dado la tecnología suficiente como para que sobrevivan
sin nosotros.


No hay comentarios:
Publicar un comentario