miércoles, 14 de noviembre de 2012

Escribiré 300 notas


sobre todo lo que pasa por mi cabeza.
Las 300, en el fondo, hablarán de lo mismo.
Su conexión, el porqué de esta, es imposible de encontrar.
Sería ser capaz de definirme a mí mismo.

No sé qué significa ser adulto, no sé cuándo una persona, un alma, se vuelve madura. ¿Se vuelve madura?

La razón por la que escribo es, como siempre, porque mis ojos se niegan a cerrarse.
No hace falta un colchón para ello.

El puente por debajo, el parque aislado, el cartón y el cajero automático no son más que imágenes que evocar, no era esa mi intención tampoco.
Somos pequeñoburgueses, no lo olvidemos.
(Eso quiere decir que tanto izquierdas como derechas nos quitarán, en el fondo ya lo sabíamos).

Evocar imágenes es peligroso: no sé si la pena de ver a tanta gente rebuscar en contenedores de basura a diario nace en el instante de verlo o sólo el recuerdo, la imagen de la memoria, es el artífice de mi pena.

Estamos solos. Estaremos solos. Vivimos tan dentro de la imagen que no conocemos términos medios. Todo es un símbolo o nada lo es y caemos en la opacidad.
Somos en tanto que creemos comprender o bien somos en tanto que no nos planteamos conocer. Nadie es ya per se.

Los niños del final de Mysterious object at noon miran a cámara (¿habría algo más estúpido que no hacerlo?) y nos traen a la mente la idea de que quizá si parásemos hoy todo y nos bajásemos del mundo, los niños nos podrían dar una nueva mitología y salvarnos. Ya les hemos dado la tecnología suficiente como para que sobrevivan sin nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Datos personales