A
diferencia de mí, para ella las constelaciones estaban en el cielo y
la tierra era algo ajeno a ello. O eso me dijo aquella noche en que
la conocí.
– Es
distinto este lugar porque lo hemos creado, todo él. Está basado...
ya sabes... su historia... todo es algo nuestro, nos hemos proyectado
en todo el planeta... algo multidimensional. Sólo somos nosotros:
humanidad, humanidad... no puede explicarse nada sin humanidad.
Siguió
diciendo que las constelaciones y el espacio eran algo inaprensible,
que intentábamos infectar pero sólo podíamos contemplar.
– Y
nunca acabar entendiéndolo del todo – sus palabras empezaban a
perderse entre un volumen indeterminado de materia oscura, se notaba
que era tímida y nada dada a hablar de estos temas con alguien más
que su propia cabeza.
Me
pareció confuso: no creía yo en la existencia de personas realmente
ateas. ¿Era eso interesante o insoportable? Aún ahora, cuando ha
pasado ya medio año terrestre, no puedo decidirme. Pero mi amigo
Aminta, bueno, un conocido realmente; siempre alegre, entusiasta por
las nimiedades siempre que se disfrazaran bien (a veces encontraba
verdades entre ellas, no seré mentiroso, aunque considero que era
una casualidad que cumpliría con un alto fin), extrovertido con todo
el mundo, activo (es decir, no vago en exceso), hábil tanto de
palabra como con sus extremidades (todas ellas, según dicen),
sonrisa contagiosa y bondad desbordante; siguió teniendo contacto
con aquella chica, Sofía era su nombre, y así pude conocer los
detalles de la historia que ahora narraré. Con todo, es probable que
algunas partes hayan sido distorsionadas por otras versiones de otras
personas o incluso deformaciones mías, las cuales no puedo evitar
algunas veces, incluso proponiéndomelo seriamente. Pero que el
lector confíe:el resultado será igual de efectivo que si se hubiera
vivido todo el acontecimiento desde mis propios ojos de testigo.
Aminta
se encontró con Sofía de casualidad dos días después de que la
conociéramos en el pub M...
Él
hizo bailar su sonrisa alegre, aunque normal en él. Ella parecía
preocupada, ajena a todo el mundo, como la tierra del resto del
universo. Mientras hablaba, contemplaba las manos, el cuello, a veces
acercaba su mirada a la boca de Aminta, pero en cuanto él lo notaba,
las blancas esferas volvían a la seguridad del punto de
no-atracción. A él le resultaba sorprendente, se impacientaba por
leer en sus ojos: ¿Le gusto a esta chica? ¿Le gustaría volver a
verme o quiere que desaparezca? La ambigüedad lo consumía, comenzaba
a ver la actitud de ella como una insolencia.
– ¿Te
pasa algo?
– No,
no realmente. Tengo exámenes pronto y no he estudiado demasiado –
¿qué estudiaría? (o quizá vaya, por lo visto estudia)
– pero realmente no me preocupa demasiado, pero un poco de prisa sí
que tengo, he de llegar a casa.
– ¡Ah!
Siento entretenerte entonces – se daba cuenta de que había
contestado de forma automática. A continuación, seguramente, el
oculto impulso que así lo había obligado a actuar se manifestaría
con más intensidad, lamentablemente siempre caía presa de esos
oscuros designios del subconsciente – ¿Pero te parece bien que nos
veamos un día de estos... que estés tú más tranquila?
– ¿Me
parece bien?
Intercambiaron
números. Y pronto fueron de utilidad: decidieron ir a tomar algo
juntos el viernes siguiente, antes de ver a sus respectivos círculos
de amigos.
Ella
había visto una película que la había dejado bastante alterada. Al
parecer su argumento tenía algo que ver con el fin del mundo y un
anciano que había perdido la fe en la humanidad y siempre había
soñado con enmendarla pero jamás lo intentó de verdad.
Era una película larga y reflexiva, que Aminta no conocía (no
demasiada gente conoce la obra de Tarkovsky, y he de decir que el
resumen de la chica me hace pensar que no pudo realmente exprimirle
ni la mitad del jugo a la película en cuestión) y, por lo tanto,
olvidó rápidamente su título. Pero se mostró interesado, le
parecía importante conocer sus gustos en materia artística, era
vital incluso. Nada peor que compartir un momento de inquieto
bailoteo espiritual con un trozo de indiferente hielo (lo pensaba
para el momento presente y para sueños no confesados de futuro,
quizá sin realmente saberlo).
Luego hablaron de otras cosas. Él
solía escaparse en solitario, coleccionaba encuentros azarosos e
intentaba aprender de ello, en las calles, siempre. Una vez conoció
a un joven con un extraño sombrero negro con una pluma verde que
tocaba el laúd.
– Pero lo insólito era que
venía de recorrer media Europ...
– Típico de un trovador, ¿no?
– Pero
era chileno – Aminta pensó que esa interrupción fue muy oportuna,
casi como una compenetración que llevara años forjándose.
Aquel
hombre del laúd le explicó que esa odisea era su sueño y que
esperaba poder transmitir algo de esperanza al mundo.
Ella
se preguntó por qué el mensajero de la esperanza tenía que llevar
sombrero con plumas, se lo preguntó a ella misma en voz alta,
mirando la nada y con un dedo un poco más arriba del labio superior,
él contesto:
– Supongo
– ¿supuso? – que en su mensaje de esperanza hay también algo de
nostalgia por un mundo menos depravado, el mundo de esos trovadores
sencillos, con sentimientos pur...
– Una
idealización – sentenció ella. Otra interrupción oportuna.
– Seguramente.
– Claro,
¿o acaso crees que en otros tiempos éramos realmente menos crueles?
– Bueno,
supongo que no habrían ciertos tipos de depravados...
– ¿Como
cuales? – Aminta no pudo pensar en ninguno.
Ella
calló, puede que triunfal, o puede que se hubiera excitado un poco
con la charla. Estaba divertida con él, era agradable y se sentía
cómoda para hablar, o esa era la impresión que le dio a Aminta. Yo
lo creo también, porque sino no habría resaltado de forma tan
cómoda el contraste entre el personaje de Tarkovsky y el trovador
moderno: este se dedicaba a hacer todo lo que aquel no hizo y el día
del juicio final se arrepentía.
– ¿Cómo
sería ese fin de los días para el trovador? – reflexionó al
final. Aminta aventuró una vez más: como para él, tristeza por
doquier: el camino es más importante que el destino y aquel joven
trovador lo sabía, nunca se llegaba al final deseado. Así que sólo
se podía estar triste. Aunque eso sí, aclaró, sin remordimientos.
Él
sonrió y ella también, cómplices de la gran reflexión conjunta.
Aminta suelta el humo de su cigarrillo complacido, ella rompe el
momento con una reflexión pesimista:
– No
creo que nadie pueda llegar a su fin sin remordimientos.
Otros
temas siguieron. Ella era poco habladora con sus amigos,
probablemente porque no eran aficionados a las mismas cosas (aunque
entre aquellos otros sí que había afinidad) y siempre se sentía un
poco sola. Por eso era de agradecer la compañía de Aminta. Es
posible que en cierto modo envidiara el modo de vida de él.
Otro
día: Aminta está en el césped, un verde parque como una isla en el
mar urbano. Ve pasar a una chica que conoce, Mónica. A Aminta
siempre le ha caído bien por su dulzura, su preocupación por los
demás siempre que estuvieran presentes (era capaz, aunque luego te
criticara por la espalda hasta el verdor más mohoso, de arrastrarte
a casa un día de borrachera excesiva) y, sobre todo, porque lo
idolatraba.
Se
saludaron y ella le explicó que el día anterior...
– … vi
a tu amigo, no recuerdo su nombre ahora, me habló de una chica, la
reina de los nueve días o
algo así. La mataron.
Aminta
adivinó que se trataba de mí (Sí, en efecto) y añadió que nos
veríamos en un rato puesto que habíamos quedado allí mismo. Invitó
a Mónica a quedarse pero afortunadamente para todos no podía: ya
tenía planes para esa tarde.
Palabras
sobre Lady Jane Grey (o Juana): en efecto, le expliqué esa historia
a Mónica pues hacía muy poco que había oído hablar de eso, y me
sorprendió por su crueldad a raíz del turbio cuadro de Delaroche -
inmaculado vestido blanco de la historia el horrible fin vaticinando - con el que me encontré de casualidad. La joven Juana era sobrina
nieta del rey Enrique VIII de Inglaterra, heredera al trono tras la
muerte de Eduardo VI (fallecido de tuberculosis con 15 años), el
primer rey protestante desde el nacimiento.
Lady
Jane había sido adoctrinada por un programa intensivo de educación
para mujeres, lo que la
convirtió, a sus 16 años, en una de las mujeres más cultas del
reino.
La
cuestión del cisma religioso fue la principal causa por la que John
Dudley, más conocido como Lord Warwick, segundo tutor y consejero
del rey Eduardo, apostara por la ingenua Juana como sucesora, a pesar
que era la cuarta en la línea de sucesión (primero estaban las dos
hermanas del difunto adolescente: María e Isabel Tudor, ambas
católicas, y posteriormente iba la propia madre de la joven, la cual
optó por derivar sus opciones a las de su hija, aconsejada o
exhortada a hacerlo por el propio Warwick). John Dudley casó a uno
de sus hijos, de nombre Guilford, con la joven, para así mantener su
poder e influencia, que peligraba si las aspirantes católicas se
hacían con el poder.
Juana fue coronada con un apoyo
popular reducido (¿quién iba a confiar en otro monarca niño?) y
pronto fue derrocada por los simpatizantes de María Tudor, los
cuales la consideraron, primeramente, inocente y coaccionada a optar
al trono - pese a que la propia Lady Jane se negó rotundamente a
coronar a su marido y decidió, en un alarde de ambición, ser ella
la única monarca -. El reinado de Juana Grey duró 9 días - del
diez al diecinueve de julio - y acabó con el encarcelamiento de la
bella joven. 16 años, y no habría de cumplir ni uno más.
María Tudor, con gran apoyo
popular, se coronó reina y ordenó la ejecución de todos los
traidores (y herejes) que intentaron bloquear su ascenso, sin
embargo, ofreció el indulto a Juana si esta accedía a convertirse
al catolicismo, la respuesta fue negativa y siete meses después de
su caída, su cabeza fue separada del cuerpo con un hacha (método
harto más digno que las guillotinas, en mi opinión: los crímenes
tienen que ser violentos para resaltar su carácter de atroces).
Cabe destacar el espíritu
consecuente de la reina de los nueve días, que no quiso salvar la
vida pese que mucho le quedaba aún por vivir (probablemente también
se sentiría asqueada de las tramas de corte de las cuales, por ser
mujer y noble, no podría escapar nunca salvo con la muerte, y eso que aún faltaban unos 200 años para Versalles y la invención de la moda).
- Vaya atrocidad matar a una niña
de 16 años - sentenció Mónica. No confío en que haya realmente
entendido dónde estaba la verdadera atrocidad, es decir: quién fue
el paciente sufridor de esa muerte...
Palabras
sobre Mónica: simple, materialista, extrovertida pero sin ningún
interés; mucha conversación banal y nada de profundidad propia; muy
práctica y eficiente, podía sacarte de un apuro y también era
buena diplomática (no se extrañe el lector de que a Aminta le
agradase: se metía en pleitos varios en locales nocturnos dos veces
al mes). Se intentaba acercar a intelectuales (o snobs que
pretendieran serlo) para intentar robar algo de profundidad que
la hiciera ser algo más que sencillo mainstream.
Sus amigos eran todo lo que ella era, por decisión propia. Seguro
que podría haber un bonito mundo interior de desearlo. Todavía no
he dicho que trabajaba como comercial y que de esa forma – yendo y
viniendo con el coche de un lado a otro todo el día – había
conocido e impresionado con sus conocimientos posteriormente a muchos
machos, pero no la atraían demasiado, eran tan planos como lo que
ella más odiaba de sí misma. De todas formas era una chica guapa.
Sí,
yo había quedado con Aminta para vernos y con Sofía también. La
idea fue de él, no sé qué de afinidad cinéfila y que me parecería
encantadora (¿no
suena muy rara esa palabra hoy en día?). Pero lo cierto es que no me
presenté. Decidí sustituir mis planes por marihuana y, haciendo
gala de mi afición favorita, una triple sesión: Fellini, Sang-Soo y
los Coen.
Les hice un bien, no obstante,
porque gracias al hastío de la espera sus dedos primero y sus
lenguas después, se cruzaron. Desconozco el resto de la noche y si
la fama de Aminta es o no merecida, aunque no habrá ido demasiado
mal ya que siguieron viéndose con una frecuencia inusitada viniendo
de él...
Muchas
veces se veían en el mismo parque: pasaban el día, traían
ensaladas para almorzar y daban pan a las odiosas palomas, él le
explicaba anécdotas sobre gente y ella escuchaba paciente, a veces
explicaba alguna reflexión propia, otras simplemente estaba allí,
al lado de ese extraño ser tan gesticulante. Una vez ella le leyó
un cuento que había escrito hacía unos años. Era sobre un chico de
16 años que cambiaba de colegio huyendo de su pasado – una
reputación que ya no le hacía gracia – y hacía nuevos amigos con
facilidad gracias a su nueva personalidad y a su blanco historial
hasta que uno de estos nuevos colegas conocía a uno de los antiguos
y empezaban a enterarse de cosas... un pasado que realmente no
afectaba la opinión que de él ya tenían los “nuevos amigos”,
pero que lo atormentaba espiritualmente de todas formas.
Él
preguntó si su caso era algo así, ella no respondió.
Los
dos meses que siguieron al beso y al polvo fueron de ese modo, más o
menos. Aminta estaba muy feliz, cómodo en presencia de Sofía y
podía, además, explicarle muchas historias y razonar juntos sobre
ellas. Sin embargo, echaba en falta conocer más de ella y su pasado,
pero jamás conseguía sonsacarle nada. Una dura pared de hermetismo
ocultaba esa cara de Sofía. No había sol capaz de iluminar aquel
supuestamente (por él, por mí) turbio pasado. Ese halo misterioso
verdaderamente no hacía más que aumentar el impulso de quererla sin
freno que ya se había manifestado el primer día.
En
algún momento durante ese mismo período de tiempo vi a Mónica una
vez. Fue casualidad, entró ella en el mismo bar donde yo estaba
ojeando un libro sobre Malevich, como si este pueblucho fuera el
Montmartre. Me saludó un poco triste, se sentó sin invitación,
aunque pronto se excusó diciendo que debía esperar a unas amigas.
-
No te importa, ¿verdad? - dijo a la vez que ya levantaba el dedo
para pedir cerveza.
No
era muy tarde, la luz naranja del exterior se filtraba por las
ventanas del poco iluminado bar - no había mejor sitio que ese para
leer... al menos era barato - y supongo que esos tonos, o quizá
cualquier otra cosa, le hicieron recordar nuestro último encuentro y
la historia de Lady Jane, pronto confesó haber meditado mucho sobre
ello:
-
Es curioso lo poco tolerantes que fueron con ella, todo por una
cuestión de fe - detuvo su discurso, la pausa reflexiva cuya
intencionalidad ha sido peor disimulada de todas las que he visto e
incluso practicado nunca -. No me gusta la intolerancia.
-
Eran otros tiempos - no quise mojarme, realmente prefería
desmaterializarme como un trapecio amarillo.
-
Y me hizo pensar en lo que nos toca vivir ahora... realmente no ha
cambiado mucho - ¿No se dio cuenta de que me contradecía? Pero me
alertó esta aguda y perspicaz reflexión en sus labios... quizá
incluso me asustara. - Porque ahora nos marginan a los que no
seguimos la “fe” - imagine el lector los finos dedos de la chica
imitando las comillas - capitalista, o los que no escuchan ciertos
tipos de música o cosas así.
Me
puse cínico:
-
Y vestir diferente y drogarse y no bailar en las discotecas... -
sonreí -. No te preocupes, estás en la minoría mayoritaria. Una
minoría - me detuve creando interés en este instante, con el tono
de voz estudiado - que generalmente ejerce el mismo papel de
intolerancia con una máscara: intolerancia a la mayoría o al ideal
de la mayoría.
Me
abstuve de explicarle que es mejor reconocer la propia intolerancia
como yo hacía, no quería parecer tan engreído.
Al
mismo tiempo un aura de superioridad me iluminaba con tonos azulados,
en mi mente viajaban recuerdos sobre parlamentos anteriores en el
tiempo de Mónica:
Yo
realmente creo que si los métodos antiguos, nómbrese huelga,
manifestación pública, han funcionado en tiempos anteriores, aún
deben utilizarse. Es ingenuo buscar una alternativa que aún no se ha
descubierto mientras nos comen nuestros cadáveres mientras aún
vivimos los malditos gusanos capitalistas -
Lo he decorado un poco, lo admito, tenía que regalarle ese punto de
elocuencia.
Despúes...
después... No recuerdo qué me explicó sobre Aminta, algo de que
estaba enamorada de él y que sufría por ello...
Pero
no le di demasiada importancia, parecía una de esas cosas que se
arrastran desde hace tiempo y que por costumbre cultural nos hacen
pensar que la vida se nos extingue con ellas, pero que, ilusorios
convencionalismos aparte, no nos hace estar tan mal. Sufriendo como
mínimo tenemos en qué pensar y algo de qué hablar.
Y
algo más quiso decir, pero ya no lo recuerdo - intrascendental,
apuesto por ello - quizá preguntó por mi vida y se topó con la
Gran Muralla del todo bien.
Dos
meses más cayeron sobre las ya mojadas calles cuando el sol quiso
saludar y a Aminta se le ocurrió volver a ir a la isla-parque que
parecía un tumor sin extirpar oculto bajo el esternón de la ciudad.
Le
dejó un recado a Sofía para reunirse con ella allí. Era viernes.
Tiene sentido esto porque la simpática indiferencia espiritual de la
conciencia de nuestro joven protagonista contrastaba con el clima
general de locura y precipitación (o precipitación a la locura, o
locura precipitada), típico del fin de semana.
En
el preciso instante en que(última vez que utilizo la casualidades de
Kundera, lo prometo) Aminta se sentaba, Mónica, que iba conduciendo,
se daba cuenta que siempre los amores estaban compuestos de
triángulos, y que si ella pensaba en Aminta y este, a su vez, en otra
chica desconocida (aunque alguna vez él, condescendiente, le hubiera
dicho que de no existir esa otra, estaría con ella pues era única -
¡Já! Digo yo -), alguien pensaría en ella como su obsesión
amorosa... ¿quién sería? Suspiró.
Dejemos
de lado a Euclides y volvamos a Aminta, nuestro pastor ninfofílico,
ahora ya preocupado y cansado de esperar allí. El cielo se había
puesto triste y un viento frío parecía reir con la melancolía que
él mismo transmitía al pasar.
Sonó
el teléfono, una melodía ansiosa por hacerte bailar, lector, salió
escupida como un infarto de miocardio hacia la calma del verde
paisaje.Resumen de la conversación según la memoria de Aminta:
Sofía... hospital... peligro de muerte... grave... varios huesos
fracturados, contusiones... Olvidó lo que sucedió realmente,
también obvió las quemaduras varias que sufrió al arrastrarse por
el suelo.
Hospital
y cito a Burroughs:
Paso
ante la habitación 10 de la que me echaron ayer... Un parto, según
creo... Cubetas de sangre y compresas y sustancias femeninas sin
nombre, suficientes para polucionar un continente... Si alguien va a
visitarme a mi antigua habitación se creerá que he dado a luz un
monstruo y que el Departamento de Estado está intentando echar
tierra al asunto.
Y también:
Acaban
de traer lo que llaman almuerzo... Un huevo duro ya pelado que parece
un objeto raro, nunca visto... Un huevo muy pequeño de un color
pardo-amarillento... Quizá sea de ornitorrinco. La naranja tiene un
gusano enorme y poca cosa más... el que llega primero tiene ración
doble... En Egipto hay un gusano que se mete en los riñones y crece
desmesuradamente. Al final, el riñón no es más que una fina
corteza en torno al gusano. Los gourmets
intrépidos estiman la carne del gusano más que cualquier
otra vianda. Se dice que es increíblemente sabrosa.
Entre el caos abatible por la
puerta entra Aminta, tapándose la nariz mientras lágrimas se
escapan irreprimibles, más por la tensión que por otra cosa: sólo
había shock. Los padres de ella allí, son prácticamente un
espejismo.
Primero entra y la ve sumergida
en tubos, luego se entera de su coma y que aún no se ha estabilizado
del todo pero que está en camino. No, no sabían cuánto podía
tardar. ¿Cómo estaban los progenitores? ¿Qué crees, lector?
Se estabilizó y un día más
amaneció sin que al mundo le importara mucho. Esto último que he
dicho hizo que Aminta se sintiera mal, muy mal. Ignoró los gritos de
dolor de su espalda cuando se levantó de la silla donde había
estado durmiendo en breves lapsos a lo largo de esa noche
interminable. La miró y fue al retrete y a lavarse la cara y los
dientes.
- Vengo a traer estas flores -
dice una voz unos breves instantes después de acabar él con su
higiene matutina.
Era una afirmación extraña: la
gente suele venir a ver cómo está el paciente. Pero ella - la dueña
de la voz - probablemente no pensaba en su estado puesto que
cualquiera hubiera sido, el choque emocional sería el mismo. El
mismo desde el momento en que (el lector ya lo habrá adivinado, yo
soy poco hábil haciendo trampas) por suspirar de amor la atropelló
sin quererlo.
Así es, allí estaba ella con
esa cara de ultratumba, más muerta que la comatosa, con la pesadilla
contínua de quien huye del crimen: escapar del castigo es imposible,
su tormento son gritos de infinitos ecos y de un tono cada vez más
terrible.
El pobre Aminta no acabó de
entenderlo e, ignorando la curiosa primera frase de la visita,
incluso se alegró de verla allí. Pero pronto se detuvo ante la
barrera de enajenación que los separaba. Ella continuó hablando o
sentenciándose:
- Ahora voy a entregarme - y lo
miró a él (¡a su Aminta!) con lágrimas puras como diamantes en
los ojos.
Probablemente le hubiera gustado
solicitar un beso de perdón y despedida. Pero no lo hizo y corrió
sollozando: pasillos, puertas, calles, pasillos, mostradores,
pasillos, salas, pasillos, celdas.
Y en este momento de la historia
dejo a mi lector. Sólo añadir que la vida de Sofía continuó
brevemente, pues a pesar de su positiva evolución a la estabilidad,
pronto el organismo entero empezó a perder batallas por múltiples
frentes.
Ni sé más datos ni puedo
realmente imaginar cómo se desarrollará todo en un futuro. Lo dejo
como material en bruto para la imaginación de otro.



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